
El frío comienza en Salamanca y yo estoy más arrecida que el propio invierno. La ciudad dorada se va oscureciendo (aunque sin perder ese brillo) y mis ojos empiezan a ser más grises que verdes. Será que se refleja el color del cielo, porque yo sigo tan viva como siempre. Aunque con frío, mucho frío.
Me cuesta salir de la cama, el edredón se me pega al cuerpo como un amante, y hay días que no me deja salir… ¡se está tan calentito con él, que no necesito a nadie más! La calefacción del piso sigue estropeada, y las viejecitas de mi bloque andan con mantas y rebecas p’arriba y p’abajo, aunque bueno, no son las únicas.
Si me levanto del colchón, es por tomarme el nesquick bien frío (sí, odio la leche caliente, ni siquiera cuando hay carámbanos en mi ventana). Además, me gusta salir a la calle abrigada, y sentir el frío en la cara, ir encogida con las manos en los bolsillos, pensando si estará ese violinista tan maravilloso en la calle Toro; justo en la puerta de Zara (o si no le buscaré por la Rúa Mayor), con su perrito echado en su chaqueta de borrego. Siempre me ha gustado ese hombre, no sólo por cómo se maneja con el violín, sino por esa sonrisa que mantiene cada día, y esos ojos azules que miran, no con piedad para que le eches una moneda, sino con un “pasa un buen día hoy”.
Tengo los pies congelados, y la nariz como un pedacito de hielo. Pero me olvido de mis quejas cuando veo al señor que está en la entrada a la Plaza Mayor, con un vaso de helado y, dentro, alguna moneda de veinte céntimos. Quizás si mañana no está, nadie note su ausencia. Pero ese hueco estará ahí vacío, sin sus tiritones ni su manta a cuadros, y cualquier persona pisará ese suelo sin pensárselo dos veces. Puede que tampoco hayan notado su presencia.
Me encanta cruzar la Plaza de camino a la facultad. Dios mío, esa arquitectura es bonita al sol, mojada por las nubes, de noche iluminada, o de día, que brilla por su sola presencia.
Los puestos de los hippies delante del McDonald’s son una parada obligatoria para mí. La verdad es que nunca compro nada, y puede que me los sepa de memoria, pero me encanta verlos. Sobre todo, el último de la fila, que está plagado de libros, y ese sí que me deja atontada.
Ya lleva unos días el hombre de arcilla en la Plaza del Corrillo. A veces se levanta a charlar con los ancianos que se sientan en aquel banco enorme, el que está junto a las motos, a fumarse un par de cigarros.
La Rúa dibuja un paisaje indescriptible: al fondo la Catedral, y un poco más a la derecha, la Casa de las Conchas y la Pontificia. Aunque he de reconocer, que nada tiene que envidiar mi grandiosa Emérita con su Teatro y sus restos de ciudad romana. Pero es que, Salamanca tiene esa magia...
Siempre que echo a andar sin rumbo, acabo en el mismo lugar. Paso por Anaya y la Catedral, siempre llena de curiosos buscando el astronauta, el león comiendo helado, y algunos despistados, se empeñan en encontrar la rana. En las escaleritas, antes de llegar a mi destino, solía haber un par de hippies que hacían pompas de jabón inmensas, los niños quedaban alucinados, y he de reconocer que yo también.
Además, siempre está ese hombrecito de las barbas, con su guitarra y su torrente de voz. Me encanta esa callecita que baja al río, donde se encuentra el Santa Ana, es como si de repente te adentrases en alguna época pasada. Pero en vez de seguir recto, mi camino tuerce hacia la izquierda, pasando de largo la maravillosa Casa de Lis.
Detrás de la catedral hay una pared enorme que suele tener pintadas, y que a veces se empeñan en tapar; pero menos mal que siempre tengo la cámara a mano para fotografiarlas antes de que eso pase.
Por fin llego: el Huerto de Calixto y Melibea. Aunque sea un sitio idóneo para los enamorados, adoro pasear sola por allí. Y ver las parejas acurrucadas, y el individuo que se arranca por bulerías, y el poeta de la puerta que se empeña en venderte sus versos.
Me contaron una vez, que si entras agarrada de la mano con la persona que amas, permanecerás con ella para siempre. Yo, me conformo con permanecer siempre unida a mí misma, que yo nunca me falle, y que mi confianza siempre me ayude a conseguir mis sueños.
Muerta de frío vuelvo para casa, y me encuentro con esa pintada en la alcantarilla que dice: "Hay amor, búscalo". Y aquella otra que ocupaba toda una pared: "Quiero contemplarte como lo hacen las estrellas, todas las noches de todo el año, moviéndome lentamente, sin prisa, trazando un ángulo de 360º". Y tantas otras que me provocan una sonrisa y hacen que salte el flash de mi cámara, y de mis ojos.
Porque Salamanca tiene magia, tiene esa magia que hace que me vaya sola a escuchar a un chico tocando la guitarra, a perderme entre calles llenas de poesía y a mojarme bajo gotas que me hacen sentir cada verso del cielo.
Puedo combatir el frío de la ciudad, con el calor de mi corazón.