lunes 21 de diciembre de 2009

Hay amor, búscalo.


No sé de qué sirvieron las guerras pasadas, ni las presentes, ni las que vendrán.
De qué sirvió enterrar sonrisas o luchar por la libertad, si nuestras propias manos han sido nuestras propias cadenas.
Si nuestras voces no han sido matadas por balas, sino por otras más altas. Y por mordazas invisibles de egoísmo, cobardía o demasiada valentía.

No sé de qué sirvió tanta muerte, si no se luchaba por la vida, sino por el orgullo. Tal vez este fue el arma de destrucción masiva nunca encontrada, que cada uno llevamos dentro.
Y puede que la granada de la felicidad esté en el interior de nosotros a punto de explotar, pero de tanto buscarla, está perdiendo fuerza.

No sé de qué sirvieron las lágrimas por tantos errores, si los seguimos cometiendo. De qué sirvieron las sonrisas de las victorias en cada batalla, cada flor derramada en cada tumba de héroes o asesinos. De cada persona, al fin y al cabo.

No sé de qué sirven mis palabras, ni mis sonrisas.
No sé si sirven mis lágrimas.
No sé para qué sirve mi nariz de payaso.



Pero, lo único que sé, es que yo continuaré luchando en esa Revolución de Sonrisas, donde nadie perece ni se rinde. Donde nadie es más que el otro, donde no hay líderes ni comandantes. Donde la realidad tiene más cabida que la utopía, porque si te lo propones, un sueño que parece imposible se puede hacer realidad.
Donde la única bala posible es la sonrisa, que sale disparada del misil de la felicidad. Y la única diana, cada persona que habita en este mundo necesitado de cordura (o al menos, una pequeña dosis de ella).
Cada ser humano que se le olvidó ser humano.
Cada sonrisa que decidió esconderse tras la careta de la amargura.


Sólo hay que buscar, buscar en cualquier parte.
En cada esquina, en los rostros de la gente (e incluso en sus nucas), en las alcantarillas y los bares, en las rocas, en cada abrazo y cada mal paso, en cada uno.

Sólo hay que buscar la probabilidad de lo improbable.
La sonrisa de cada lágrima.
Tu explosión de felicidad en cada pequeño momento.


Sólo tienes que buscarte.
Encontrarte.
Encontrarme.

"Seamos realistas y hagamos lo imposible." (Ernesto Che Guevara)

jueves 17 de diciembre de 2009


Disculpa la demora, pero el dolor de cabeza me impidió venir mucho antes... y bueno, el miedo también tuvo algo que ver.

Por favor, déjame hablar, no me hagas esto más difícil.
Creo que no me equivoqué cuando te dije que lo único que conseguirías con cada palabra, cada mirada, y cada gesto... es que me enamorase de ti.

Apareciste entre tanto bullicio, que al principio ni siquiera me di cuenta de que estabas ahí, esperándome, con una sonrisa de oreja a oreja.
No creía en los ángeles hasta que tú me hiciste volar... y eso de que no tienen sexo, tendríamos que discutirlo.
Me recorrí tu espalda en busca de esas alas blancas; pero sólo encontré lunares que me recordaban el camino, como migas de pan.
Nunca fuiste un ángel caído, porque siempre podías con tu peso, y con el mío. Con tus alegrías y mis sonrisas. Con las lágrimas que sólo nosotros vimos. Y con esos demonios que a veces irrumpían en mi vida.
El cielo se te quedó corto, y por eso bajaste a este infierno para unos, y paraíso para otros. A este mundo del que tanto me quejo, y que tú me enseñaste a ver de otra manera. A... hacer de otra manera.
Y buscando tus alas, me seguía perdiendo por tu espalda en cada minuto ganado contigo.


Cuando tú decías blanco y yo negro, el flash inundaba la habitación. Y de esa vieja polaroid salían miles de retratos, que entre ángeles y demonios, conseguían fusionar lo bueno y lo malo de cada uno.
No sé si te acuerdas de las notas de aquella canción, del olor a noches de orgasmos y sudor, y de cada una de las caricias que me diste.
De las duchas de agua caliente en ese cuarto de baño tan típico de un piso de estudiantes. De tus legañas impidiendo ver mi sonrisa mañanera. Y de esos cafés con leche que nos espabilaban cada mañana.


No. No hables por favor, déjame terminar.
No sé realmente por qué he venido, porque todo lo que te he dicho es algo que has vivido conmigo, y que por mucho que te repita, no conseguirá que permanezcas junto a mí el trocito de eternidad que nos queda.
Aunque a mí la eternidad se me queda corta si eres tú el que me acompaña, porque para descubrir esas alas necesito mucho más que el infinito del tiempo.





¿Qué escribes en esa servilleta? Bueno... trae acá, que ya me voy.






Y al llegar a casa y desdoblar ese papelillo arrugado, las palabras que no te dejé decir salieron como puñales directos al pecho:

Sólo quería recordarte que te quiero.








...y que las alas, siempre estuvieron en tu espalda.

viernes 11 de diciembre de 2009

La locura de sonreír.


Y, como tantas otras veces, conseguimos transformar las penas en alegrías.



Las cosas no estaban demasiado claras cuando decidimos que seríamos felices, pero nos arriesgamos. Y ahora estamos aquí, con miles de sonrisas retratadas en fotografías, y otras tantas que sin necesidad de cámara de fotos, se quedan grabadas en la memoria.
Sé que alguna vez se nos escapó alguna lagrimilla; pero oye, estamos juntos en esto. Dijimos para siempre, y será para siempre. Y tampoco es tan difícil hacer de clinex a veces... ¿no?.
Si las lágrimas existen, será porque tienen alguna función... quizás la de expulsar todos los pensamientos amargos que podemos tener dentro, y transformarlos en agua (salada, porque como son amargos la dulce no les viene bien...) y así salir por eso que, algunos llaman ventanas del cuerpo, y otros, reflejo del alma.
Para mí, lo son todo.


Siempre nos dijeron que vaya par de locos, que de dónde sacábamos las fuerzas para sonreír sin parar.
No, mira, no es que saquemos fuerzas de ninguna parte, es que una vez me dijeron que una sonrisa no cuesta nada, y vale mucho. Y yo de dinero no ando muy bien, para qué engañarnos, pero sonrisas tengo hasta la saciedad.
No es que seamos súper-personas (que un poquito también, ¿no?), ni que nunca lo pasemos mal, ni que no lloremos y no nos llevemos golpes. Es sólo una manera distinta de afrontarlo... porque quedarse en la cama, llorando, sin ganas de nada, no es una buena solución.
La única obligación con la que nacemos, es con la de VIVIR... y creo que no es tan complicado.
Tú elige tu camino, el mío hace ya tiempo que lo tengo marcado... aunque no descarto la posibilidad de irme por el primer desvío que encuentre... y quién sabe, lo mismo hallo algo inesperado que le dé aún más sentido a cada paso ya andado.


No vivo en un mundo aparte, estoy en el mismo que tú.
Veo las guerras contínuas en cada esquina, las lágrimas que provocan inundaciones (que os tienen engañados, esas mierdas de tsunamis no es lo que joden algunas poblaciones... son los lamentos de cada persona, cada desgraciado que ya no tiene ni por qué vivir, ni por qué morir). Observo cada golpe, cada político criticando al contrario, cada crisis económica.
Pero lo que no veis, es que por allí, a lo lejos, viene una Revolución de Sonrisas... que ya hace tiempo avisé.
Ni claveles, ni ideologías, ni armas:
SON-RI-SAS.




Empezamos esto juntos, y no vamos a terminarlo unidos...
porque no va a finalizar.




No dejes que tu sonrisa se esconda bajo la coraza del miedo.
La Revolución ha empezado, y...

más vale morir riendo, que vivir siempre llorando.






Una vez... se me ocurrió la locura de sonreír.

martes 8 de diciembre de 2009


Bastó un cruce de miradas para vivir cada recuerdo del futuro, en ese presente simple que cada vez se me complicaba más.


Diciembre se me antojaba más frío de lo normal, y lo venía sintiendo desde un Noviembre lleno de luces horteras de Navidad. Que la función de alumbrar, la hacían; pero... el calor se quedaba más bien helado de ausencia.
La muchedumbre tampoco aportaba demasiado, y el ir a pasear sola se convirtió en una misión imposible.
Desde que abandonaste mi cama, el colchón parece tener kilómetros en vez de los noventa centímetros que antes se nos quedaban pequeños. Los fantasmas han vuelto a por mí, y se alían con los monstruos y las pesadillas para hacerme las noches insostenibles. Inundo la cama de sudor; pero ahora es sólo mío. Y me ahogo, porque no está tu cuerpo para salvarme.


La alarma sigue sonando cada mañana porque ya no está tu mano para apagarla. Tus camisetas (esas que me vestían al despertar) han dejado hueco en mi armario para colgar mis estupideces. Y, allí donde solíamos reír, ya no quedan sonrisas.
No hay quien disimule el goteo del grifo, porque ya no están tus gritos cantando "Stairway to heaven" por el pasillo. Y limpiar los platos no es tan divertido si no estás tú para llenarte de espuma. Ahora lavo con la porquería de la vajilla toda la mierda que a veces me invade, y todos los recuerdos que hacen que olvidarte sea tan jodido.

Es Navidad y no te echo más de menos. Sólo te echo. De mi vida, que ya es hora.
Y te envuelvo en un bonito papel, si quieres, para regalarte a alguien que te necesite más que yo. A alguien que, cuando te desenvuelva, sepa apreciar lo que hay dentro.





La lluvia me hizo reaccionar ante sus ojos. Con el pelo empapado y los recuerdos inundados nos resguardamos bajo el primer alféizar que vimos. Y bajo unas tímidas sonrisas nos protegimos de las tormentas (la que caía del cielo y la que teníamos dentro cada uno). Quizás fueron sólo algunos minutos, pero a mí me supieron a horas eternas de palabras que sin hablar lo decían todo.
Me hice pequeña entre sus brazos y grande en su boca, desbordando alegría debajo de cada tejado, encima de cada coche, bajo esa lluvia fina y un cielo de luto. Le dimos nuestra pincelada de color a cada nube cabreada, el azul cubrió la Plaza Mayor y el rojo manchó nuestras narices.


Él se encaprichó con verme sonreír y no paró hasta recoger miles de semillas para plantar sonrisas por toda la ciudad. Y yo me empeñé en que lo único que mojase su cara, fuese la lluvia... no dejaría asomar ni una lágrima de esos ojos que en tan sólo un segundo me pusieron las gafas del olvido.

Ese desconocido se convirtió en la promesa de seguir adelante, recogiendo todo lo importante y desechando las minucias que impedían continuar con lo empezado.



Y en una décima de segundo, reciclé las penas.
...no me hubiese importado, que en ese puto instante, el mundo se despidiera.
Hubiese dejado que los cuatro Jinetes del Apocalipsis hicieran su trabajo, sólo por quedarme con la sensación de sus sonrisas en mis labios.




...au revoir!

jueves 3 de diciembre de 2009

La historia de mi sonrisa.


Y fui dejando en cada servilleta de los bares que frecuentaba una sonrisa perdida, para que alguien la encontrase. Quizás nadie se diese cuenta de esa esquina sonriente con la que se limpiaban las manos, la boca o las lágrimas. Pero ahí estaba ella, arqueada hacia arriba, esperando ser correspondida por alguien.

La historia de mi sonrisa es larga, pero supongo que tendrás tiempo para abrazarme mientras te cuento, de forma resumida, un pequeño relato:


Un ocho de febrero, en una sala de parto, después de horas de empujones y sudores, se escuchó una palmada... seguida de una gran carcajada. No hubo lloros, ni lágrimas. Sólo una sonrisa de una pequeña mona que nació con las ganas de vivir debajo del brazo.
Los ojos pequeñitos y cerrados, las manos gorditas y el pelo oscuro. La cabeza algo desformada, y para qué vamos a engañarnos, era un bebé bastante feo.
El asma hacía de sus pulmones una fábrica de grillos.
Pero sonreía.

De padre revolucionario y madre optimista, fue criada entre vinilos y cintas de cassette, entre animales y naturaleza, entre estanterías llenas de libros y folios en blanco para llenar de letras.
Su sonrisa fue acompañada bastantes años por un piano de madera que sonaba cada día en el despacho, junto a su hermana, las dos sentadas en una banqueta llena de partituras que se tambaleaba con el menor movimiento. El violín también pasó por esas manos regordetas, pero sin mucho éxito. Y por último aquella guitarra española que le regalaron a su hermano, que tras varios meses quedó llena de polvo (otra vez) en un rincón, y ahora no hay manera de cogerle el tranquillo.
La habilidad de las manos musicales se perdió, el don se fue.
Pero la sonrisa permanecía viva en esa carita de niña.


Con el paso de los años, esa niña creció, quizás antes de tiempo... por motivos que en ocasiones, se llevaron su peculiar gesto sonriente secuestrado. A veces las lágrimas mojaban los cojines de su cama, los cuales mordía para gritar y no ser escuchada en ningún rincón de su casa.
El revolucionario se marchó con sus vinilos, el piano dejó de sonar, y la mujer optimista se levantó del suelo para seguir luchando por cada sonrisa que esa casa se merecía. Por cada uno de esos tres niños que siempre creyeron en ella.


Y entre sueño y sueño, la adolescente de sonrisas fugaces se convirtió en una mujercita de gesto feliz permanente, infinito. Encerrada en canciones que no le pertenecían, pero que hacía suyas. En palabras que nacían de la nada, espirales que daban vueltas sin parar, narices de payaso que cumplían su función... y sonrisas que hacían que la suya, fuese una historia sin final.
Bailando con cada loco que quiso cruzarse en su camino, escribiendo palabras en las servilletas arrugadas que acompañarían a las colillas del suelo, y bebiendo sin parar cada muestra de cariño de las personas que le rodeaban.




Hace unos días, una persona hablaba de trenes que se perdían, y otros que se cogían a tiempo. De los destinos que un tren equivocado puede proporcionarte, y las aventuras que puedes vivir en cada minuto de retraso.
La vida no es más que un viaje en tren. Los pasajeros suben, algunos se quedan, y otros se van antes de que termine el recorrido. Unos entran sin billete y se quedan en el asiento de al lado para siempre, otros compraron el ticket equivocado, y los que menos se cuelan en el compartimento de las maletas, siempre están ahí, sin hacer ruido, sin dar la nota... y en el momento más oscuro, salen de esa maldita maleta con sonrisas de sobra, y miles de abrazos, dan el do de pecho, y continúan contigo.




Cogí el tren de la felicidad, y no pienso bajarme.
Cada vagón es uno de esos momentos felices del día a día, cada detalle que provoca que yo sea como soy. Pocas veces se descarrila.
Y nunca se queda sin combustible... porque las sonrisas, no se agotan.



There is always something to fight for...





¿Cuál es la historia de tu sonrisa?

La chica alegre que te hizo llorar.


No importan los obstáculos si eres tú quien está detrás.

Sin comerlo ni beberlo, nos encontramos en un mundo de sólo para dos, de quédate un rato más conmigo, de sábanas blancas y días de colores.
De tú y yo, y después, el resto del mundo.


En realidad, no sé por qué escribo lo que escribo, si no tengo huevos a decir lo que siento.
Si no soy capaz de decir que tu mirada consiguió que volviese a sonreír como antes. Que tus caricias fueron más especiales de lo que yo creía. Que volví a sentir esa sensación de mariposas revoloteando por el interior de mi cuerpo, impacientes por encontrar la salida para explotar en un arrebato de euforia. Que me apetecía verte marchar por las mañanas, mientras te ponías los pantalones, con la condición de que me dieses un beso en la frente y por las noches volvieras a ponerte el pijama, sólo para que yo te lo quitase.
Que prefería las sábanas en el suelo. Y tú conmigo. Encima, debajo, al lado, o donde quisieras. Pero conmigo.
Y el resto del día, dedicarlo a las sonrisas. A las tuyas, a las mías y a las del resto del mundo.
A las miradas.
Y a tu forma de querer(me) sin decir palabra alguna.
Sólo con esos ojos.


Pero como no tuve valor para decírtelo, te fuiste.
Y esa mañana salí del portal con una sonrisa, como acostumbraba a hacer, dando los buenos días con esa mueca que de fábrica, viene conmigo. Como los defectos (y las virtudes, supongo).
El día estaba lluvioso, no sé qué le pasaría al cielo para que llorase de esa manera. Quizás es que desde allí arriba se ven mejor todas las "enfermedades" que padece el mundo. O tal vez, simplemente era porque veía cómo yo intentaba disimular esas lágrimas que, camufladas con sus gotas, no veía nadie.


Y con la sonrisa como mayor aliada, me comí el resto de los días en los que tú no estuviste cerca.



Los paseos sola no estaban tan mal. Pero faltaba la melodía de tu voz hablándome al oído en cada paso.
Hace ya tiempo que no tengo mp3 (ni siquiera llegué al 4); porque me dedico a cantar (mentalmente, que bastante negras estaban ya las nubes) las canciones que recuerdo en ese momento.
Me vino a la cabeza Serrat, cantándole a Lucía. Y sin ni siquiera pensarlo, detrás de ella vinieron los Beatles con Michelle, Víctor Jara con Amanda (de la cual Ismael Serrano también se enamoró), Silvio acompañado por Yolanda, y Sabina se atrevió con una tal María Magdalena. Sin olvidar a Julia, que dejó a Goytisolo a un lado para agarrarse de la mano de Paco Ibáñez.
Pero ni rastro de mi nombre, exceptuando algunos villancicos populares que me sacaban de quicio.
Nadie aludió a Belén.

Entonces recordé aquella vez que, tirados en el parque, bromeaste con la guitarra de alguien del grupo, diciendo que algún día me harías alguna canción, para que estuviese tan enamorada de ti como lo estaba de Chaouen, que no paraba de sonar en tus oídos por culpa de mi boca, algo desafinado (ya sabes que mi fuerte nunca fue cantar).





Y, con la mirada tímida y la sonrisa descarada, entre tanta multitud de soledad, me pareció escuchar una canción sólo para mí, que nadie compuso nunca. Una canción sin letra ni música, con un nombre y un destinatario:


Sólo para Belén.


No para "la chica triste que te hacía reír" de la que hablaba Bunbury,
sino para aquella chica alegre que te hacía llorar (de risa), con una nariz de payaso colorada y unos ojos verdes (tan verdes como nuestras noches).
Aquella que una vez consiguió tus miradas. De la que te reías cuando tarareaba alguna canción sin acertar ninguna nota, y a la que consolabas cuando las pesadillas de cada noche se apoderaban de sus risas, devolviéndote sólo llantos y temblores.
Y a la que apoyabas cuando soñaba cada día con irse a recorrer el mundo agarrada de tu mano, cargada con un saco de bolitas rojas para ponerlas en la nariz de cada persona.

Esa chica que un día imaginó una canción.
Sólo para Belén.



La que se convirtió en la embajadora de tus sonrisas, siendo tú el culpable de cada una de las suyas.



Aquella chica alegre que un día te hizo llorar.

domingo 29 de noviembre de 2009

Pongamos que hablo de [Sala]MA[nca]DRID


Si echas de menos Madrid, yo me invento un metro por los túneles subterráneos de Salamanca, tengo los planos en mi cabeza y tu mirada en mis manos.
Me visto de Cibeles y con un carro y dos leones me planto en Plaza España, para que te puedas bañar si quieres celebrar algún gol de esos absurdos que tanto te gustan.
O despierto todos los coches de la ciudad, con sus bocinas y sus luces de freno, para que te sientas como en casa.
Puedo conseguir que tardemos una eternidad en ir de la catedral a nuestro rincón. Y llenar de humo negro el cielo que nos cubre.
El Huerto de Calixto y Melibea se convertirá en nuestro pequeño Retiro, y cambiaremos el gris de tu ciudad por el dorado de las piedras de Villamayor que rodean ésta en la que vivo.


Quizás prefieras tus bares; pero aunque aquí no sean tan numerosos, prometo pasar las noches en fantásticos lugares llenos de música y letras, de humo (de los demás, porque he decidido fumarme tus besos en vez de mis cigarrillos), cervezas y algún que otro borracho.


Y si quieres nieve madrileña, me subo a las nubes y no paro de soplar hasta congelar sus gotas, que caerán sobre tu cabeza haciéndote estremecer. No por el frío, sino porque irán cargadas de mucho más que eso.
Puedo impedirle al verano que venga, que para calentarnos, ya estamos nosotros. Y no me apetece ningún trío con el sol (¡que se acueste con la luna!).


No es que no me guste la capital, ya lo sabes. Es que estoy frenéticamente celosa de ella. La muy puta puede estar contigo siempre que quiera. Y yo he de conformarme con imaginarme tus manos, tus miradas y tus besos.
Lejos. En otro mundo. Sin que tú ni siquiera lo sepas.




Ya te dije una vez, que a veces Salamanca se disfraza de Madrid.
Y ahora estoy dispuesta a vestirla (o desnudarla) entera, si es tu sonrisa lo que está en juego.





No te olvides de abrazarte a la vida como te abrazas a Madrid.
No te olvides de abrazarme cuando no estés aquí.
Y no olvides imaginarme al compás de tus manos quitándome la ropa, mientras yo te sueño entre tanta letra sinsentido.
Sin tus sentidos ni tus sentimientos.
Ni los míos.




"Será que te embellece ser feliz" (Luis Eduardo Aute).
[Sin mí]

jueves 26 de noviembre de 2009

Los colores de cada sonrisa.

Cuando te acercaste, mi cuerpo sólo sabía temblar. No me salía la sonrisa, y una mueca extraña se apoderaba de mi cara... no sé cómo no saliste corriendo. Dudaba entre mirarte o esconder mi cabeza bajo la bufanda kilométrica que ahorcaba mi cuello.
Pero me tocaste, me rozaste con esos dedos musicales y me quedé en pause.
El play vino al pensar qué querías de mí. No daría al stop si me pidieses una noche guarra entre tus sábanas, charlar un rato sobre cualquier cosa o planear la velada más romántica y empalagosa de toda mi existencia.
Eras tú, y estabas ahí. Y con eso tenía la partitura de toda mi vida hecha.

Sabías que con dos cervezas de poca monda ya podrías hacer conmigo lo que se te antojase... pero lo que desconocías, es que sin esos dos tercios también hubieses logrado aprovecharte de mí. Tu sola presencia era suficiente para estar ebria.
Y ebrios nos fuimos a caminar en tu cama. O bueno, a nadar, porque las gotas de sudor inundaban esa piscina de 90 centímetros que se convirtió en el universo de mis gritos y tus risas durante una noche que multiplicamos por mil.

El día que amaneció la habitación estaba triste, como sin color... y tú prometiste enseñarme todos los colores (con todos sus matices), del mundo que estaba ahí fuera. Porque mi mundo sólo tenía un color, y era el tuyo.
Descubrimos el blanco y negro de nuestras fotos con los grises que nadie tuvo en cuenta, el verde de mis ojos fusionado con el marrón de los tuyos, y el rojo de los semáforos que nos daban tregua para convertir en piscina ese viejo coche que tu padre creía pulcro.
El amarillo de tus días de sol, el azul de mi cielo y el morado de nuestras locuras. Sin olvidar el naranja de tu guitarra, y el brillo de tus letras.

Pero llegó el negro de tu ausencia y mi arco iris no pudo hacer nada para retenerte.
Las notas huyeron del pentagrama, pretendiendo ser libres en una melodía anarquista. Pero no sabían que sin esas líneas, ellas no eran nada. Como chillidos silenciosos.
O como una paleta con pinturas secas, y un lienzo en blanco.
Nada.






Gracias por enseñarme los colores de cada sonrisa.
Y... ¿sabes?

En el fondo, me importas lo mismo que el resto del mundo...






demasiado.

sábado 21 de noviembre de 2009

Todos nacemos con una "L".


Nadie me enseñó a ser persona. No pasé ningún examen, ni estudié ningún libro para serlo. No tuve siquiera un veterano, y yo sigo siendo una novata sin saber cómo tratar realmente a la vida.

Por eso decidí que mi existencia estaría llena de sonrisas. Y que mi camino lo forjaría yo, con la velocidad ilimitada y sin distancia de separación.
Los aparcamientos sólo me han servido a lo largo de estos años para huír por momentos de la masa de problemas que a veces se abalanzaba sobre mí. Para respirar profundo cuando no encontraba las sonrisas por ninguna parte del maletero. Y para reponer esas ruedas pinchadas que a veces se empeñaban en ralentizar mi camino. Esporádicamente se aliaban con los baches de la carretera, y conseguían derramar las latas de lágrimas que tenía bien cerradas en el posavasos. El golpe contra el suelo provocaba una explosión de gotas saladas acompañadas por gemidos silenciosos que salían por el orificio del envase.
Pero ésto, sólo sucedía ocasionalmente.


Cada equis tiempo paraba en las áreas de servicio. Siempre había alguien dispuesto a acompañarte en tu viaje, aunque no tuvieses ningún rumbo fijo. Recogía a personas de diferentes características, e iba forjando distintas relaciones. Unos se sentaban en el asiento posterior, otros incluso iban a parar al maletero... pero sin duda alguna, la persona que se sentaba de copiloto, era la que más huella dejaba. Fueron distintos traseros los que se sentaron en aquel viejo sillón, y numerosas miradas que se quedaron conmigo cuando decidían irse. Todavía no ha llegado nadie capaz de aguantar el viaje entero junto a mí.
Pero... no hay prisa, aún queda mucho camino por recorrer.


Cada stop me hacía mirar con más detenemiento todo mi alrededor... a lo mejor algún despistado se chocaba conmigo. Y esa clase de encontronazos... pueden salir o muy mal, o muy bien. Es decir, o se jode el coche, o un simple rasguño se te mete bien dentro. Tan dentro que puede que llegue al asiento del copiloto...
Pero lo peor, sin duda alguna, eran las áreas de frenado. Tener que pisar a fondo ese pedal del medio, por sorpresa, por emergencia. Por querer dejarlo todo.
Pocas veces tuve que recurrir a él, por suerte.


Siempre preferí seguir caminando.
Pisando el acelerador.


Hay personas que deciden dejar caer su "L" sobre la bandeja de atrás. Les avergüenza ser novatos.
Yo prefiero darlo a entender. Sólo soy experta en no serlo.
Todos somos alumnos y profesores.
Nadie sabe ser.
Nadie sabe ser... persona.





...te cedo el paso en mi camino.
Ve tú delante; pero no olvides poner el intermitente.
No quiero perderte; quiero perderme en ti.

martes 17 de noviembre de 2009

Voy a soltar una plaga de sonrisas...


Sonreír se convirtió en mi mayor afición hace ya mucho tiempo.
Sonreír con o sin razón, sola o acompañada, con chistes o sin ellos... sonreír por puro gusto, reírme a carcajadas no sólo para hacer ejercicio y quemar calorías... y morirme de dolor de barriga por no poder parar de reír.

Hoy empecé a sonreírme sola por la calle. Percibí algunas miradas que me gritaban: ¿y esta tonta, qué demonios hace riéndose sola? Ay... ¡ingenuos!, se olvidaron del placer por los pequeños momentos. Por esa extraña felicidad que, al menos a mí, me invade cada día más de una vez... y de dos, y de tres... de hecho, creo que a veces, ni siquiera se marcha.
Hoy sonreía porque sí. Por las monedas que le eché al hombrecito de la calle Toro, y por la sonrisa que él me devolvió. Por la pareja que se abrazaba en medio ir y venir de gente con prisas, y ellos en su abrazo, consiguieron parar el tiempo y la rotación del mundo entero.
Sonreía por la niñita que intentaba caminar sola frente a la mirada preocupada de sus padres. Creo que se cayó como unas tres veces; pero con una tímida sonrisa, volvía a levantarse con las manos al frente. Y los ojos brillantes. Y el equilibro extraviado. Pero con esa sonrisa inocente y alegre.
También me estremecí (con la boca arqueada, por supuesto), por una pareja de ancianas, dos mujeres encorvadas y agarradas de la mano. Miraban al suelo porque su espalda jorobada no les permitía subir la cabeza mucho más allá. Pero a mí, me dio la sensación de que su sonrisa estaba por las nubes. Su dignidad incluso más alta. Y su felicidad se podía entrever en cada arruga, cada cabello canoso... y en ese abrazo de manos inseparables.

Hoy sonreí porque me di cuenta de que es el tratamiento perfecto para cualquier enfermedad cotidiana: los agobios por la universidad, los deseos que aún no se han cumplido, un mal día que provoca malas contestaciones a personas que esperan tu sonrisa, una mala noticia, el exceso de trabajo, la falta de tiempo para tu círculo (cuadrado, triángulo o dodecaedro) de amigos, el vacío que alguna persona dejó algún día... y es que, las sonrisas, tienen el poder de curarlo todo. Puede que a veces, las lágrimas mermen su efecto, o que la tristeza le gane el pulso a los antiinflamatorios para el dolor que sientes más allá de las vísceras... pero, me juego mi caja de sonrisas (entera, ¿eh?), a que acabarán haciendo efecto. Y si no... ya me encargaré de "echarle narices", (ya sabes, de las rojas).



Pero... el mejor hallazgo, ha sido descubrir el contagio masivo de sonrisas. Nada de gripe A, ni SIDA, ni piojos, ni insignificantes bostezos (que a mí me dan miedo, ¡no se me vaya a escapar algún día algo importante de dentro sin darme cuenta!). No hay mejor plaga, que la de sonrisas. ¡Me presto voluntaria para contagiar a quien quiera! ¡Y que algún valiente me contagie a mí, porque yo nunca tengo suficiente!



Y lo mejor, no es sonreír...
...es que los demás, sonrían contigo.



No me llames loca. Ni soñadora. Ni utópica.
Sólo puedes describirme con una palabra:




PAYASA.

lunes 16 de noviembre de 2009

No olvides las sonrisas.


Y las fotografías.
Los helados.
Las patatas fritas.
Los conciertos.
Y esos amores fugaces de contrabando.

Los paseos.
Las enormes pompas de jabón.
Nuestras canciones.
Las noches en vela
y tantas otras borracheras.

Las horas perdidas
y los minutos ganados.
Las pequeñas disputas
entre tu genio y mi cabezonería.
Tus palabras en cada tropiezo con cada piedra del camino.

Los viajes planeados que nunca se llevaron a cabo.
El congelador lleno de comida de mamá.
Y los platos en el fregadero que no eran de nadie.


Recuerda que "es la única vida que podemos compartir".


Pero sobre todo,
no olvides las sonrisas.

Nuestras sonrisas.

domingo 15 de noviembre de 2009

Dame un segundo en tu segundo plano.


Una imagen vale más que mil palabras.
Pero yo tengo mucho que decir.


Es como planear a ras del suelo, y no levantar el vuelo. Pisar el acelerador sin ningún riesgo de accidente. Mirarte sin que sientas nada.
Y que sin embargo, sonrías.

Organizar el día y que las cosas salgan del revés (pero que salgan bien). Que la mañana más soleada se convierta en una gran tormenta. Y que saques del congelador un paquetito de papel de aluminio pensando en comer unos ricos filetes de pollo, y al abrirlo (ya descongelado) descubras que son de pescado.
Pero que esa sonrisa, persista.

Que la lavadora de ropa blanca salga rosada por un calcetín rojo que se coló sin preguntar. Y, bueno, aunque el rosa no sea santo de nuestra devoción, podremos disfrazarnos en carnavales de algodón dulce. O de chicle de fresa. O no sé, de algo empalagoso que necesite ser rosa.
Yo empalagosa no sé, pero dulce ya sabes que soy un rato largo.
Y tu sonrisa, también.

Que tengas un gatillazo.
Y yo me ría.
(Contigo).

Que ella no te coja el teléfono. Y sus caderas sigan llamándote.
Y sus ojos, enviándote mensajes.
Pero que su línea siga comunicando.
Y que tú sonrías, porque yo, te respondo la llamada.



Que yo siga siendo puntual, aún sabiendo que siempre llegarás tarde.
Que no me importe ser un segundo plato, e incluso un postre.
Que hagamos de noche los días.
Y que te pierdas en la espiral de mi cuello, haciendo mi espalda tan infinita como se te antoje.





Que hables en plural, sin que esa otra persona sea yo.
Que el motivo de tu alegría no sea mi presencia (y por suerte, tampoco el de tus lágrimas).
Pero que esa sonrisa esté siempre presente contando su historia.









Porque esta de aquí, estará siempre escuchándola.

jueves 12 de noviembre de 2009


El humo del cigarrillo consume mi oxígeno al mismo tiempo que la soledad. Mi cuarto está lleno de fotografías y pelusas que simulan una figura felina. Al fin y al cabo, siempre quise tener una mascota, y los gatos me dan alergia.


En la calle la temperatura está a menos: a menos gente de lo habitual, a menos hojas compitiendo por llegar al suelo, a menos miradas. Y por supuesto, a menos grados. A unos menos dos. Yo ando por los tres (metros bajo el suelo).
Salamanca se disfraza de Madrid en las noches de tráfico. Las luces rojas de los frenos predominan ante el verde de los semáforos de peatones, y los pasos de cebra se llenan de huellas sin sentido que caminan hacia ninguna parte, tan perdidas como mis espirales en una línea recta.

Suelo caminar sin demasiado equilibrio, con un leve movimiento de zig zag que me ayuda a sostener cada mirada de cada persona que se cruza en mi camino. Cuento las baldosas como tesoros encontrados en una isla desierta. Y las gotas de lluvia son como abono para mi sonrisa.
No pienso en amores ni desamores. Ni tan siquiera en las catástrofes mundiales. Y las pintadas de poesía en las fachadas, no tienen demasiado sentido ahora.


Me cansa el ajetreo de esta falsa ciudad que hoy observo. Las zancadas madrileñas y las prisas del tiempo. No digo que la capital sea un sitio inhóspito y frío, porque probablemente esta ciudad adoptiva me parezca más fría desde que tú no estás; que el propio Madrid. Pero... no tiene esa magia. Y si la tiene, sabe esconderse bien entre las paradas de metro y los antros llenos de humo y falta de abstemia.

No hablo de ti. No te echo de menos, ya lo sabes.
Hablo de esos momentos. De las risas en el suelo de la Plaza Mayor y el tabaco de liar desparramado por los rincones. De las cervezas que conseguían ese brillo en mis ojos. Y las tardes muertas detrás de la catedral. Las noches con sa(v)or. Y los helados de stracciatella casi derretidos en nuestras manos.
Y de los libros de Víctor Jara y los poemas de Benedetti. Las canciones que tarareábamos y el inglés que nos invetábamos. Y cómo olvidar las palabras de Chinato, las púas de cada concierto (Steve Morse tiró con ella parte de su fuerza, y yo la guardé sin olvidar cada nota de "Smoke on the water" de ese verano [azuloscurocasinegro]). Los futbolines trucados de nuestro bar y las ganas de levantar el puño en cada grito de libertad.
Las primeras caladas a esa mierda del tabaco. Y las primeras a ti. A esa droga a la que conseguiste engancharme, y que aún hoy, cuando falta, me hace pasar por ese maldito síndrome de abstinencia.


Puede que el tabaco mate.
Pero la ausencia de ti, también.



...y yo, no estoy dispuesta a morir por tan poca cosa.
Tendrás que hacer un pacto con cada cigarrillo que líen mis manos,
o liarte conmigo en cada soplo de humo.

martes 10 de noviembre de 2009

Tengo una caja llena de sonrisas.


No necesito de ninguna otra cosa si tengo un par de narices. Bueno, o un millón de ellas.
Pero narices de las rojas, de las que hacen reír... vaya, de las que hacen falta en la vida.


Un día me desperté con ganas de recolectar sonrisas. O de crearlas. O de soñarlas, o no sé. Pero quería ver sonrisas en cada rostro que me cruzaba por la calle.
Comencé a pensar cómo hacerlo, y le conté a una amiga la idea de llevar siempre una nariz de payaso en el bolso, para sacarla en el momento adecuado y colocarla en mi cara, y así alegrar la que estuviese en frente.
Y a los pocos días, recibí un paquete desde Madrid. Lo abrí con emoción, y rodó una bolita roja y blanda hasta el suelo. Era mi sueño saliendo de un sobre con burbujitas. Eran las sonrisas de medio mundo que todavía no existían. Y las mías, convertidas en ganas, alegría, revolución.


Me cansé de escuchar quejas y de tenerlas. De hablar sin hacer nada. De ir corriendo sin detenerme a mirar.
Porque ni la vida es una mierda, ni las lágrimas son dulces, ni el odio tiene algún beneficio. Y los niños se mueren de hambre, y las bombas siguen matando, y la felicidad es perseguida por algunos; pero ella corre más rápido.
Nos empeñamos en no sonreír cuando hay personas que ni siquiera saben hacerlo. Porque nunca tuvieron la oportunidad, porque nunca se lo permitieron... o porque ni siquiera saben qué es una carcajada, o un jodido esbozo de sonrisa.


Y ese punto rojo en mi cara, acompañado por mi feliz mueca (aquella eterna que un día me enseñaste a mantener) y con los ojos llenos de fuerza, se dedicaron a joder a todos los malos días, las malas palabras y los lagrimones que la tristeza soltaba para ahogar cada risa, cada gesto alegre, cada bofetada que la felicidad hostigaba al odio.
Ya me sé el cuento de “con eso no vas a cambiar el mundo”. Pero por vigésimo tercera vez (por lo menos), te diré que cada sonrisa, es un paso. Y cada paso, mueve un poquito este mundo que se quedó anclado desde hace mucho, mucho, mucho tiempo.


Y tranquilo, si alguna vez es mi sonrisa la que se apaga, ya me encargaré de buscar algún espejo. A una zurda no se le hunde tan fácilmente… y ya sabes eso de que bicho malo, nunca muere.
Mis sonrisas tampoco.
Y las del resto del mundo ya me encargaré de reanimarlas, sea como sea, y con las narices que la gente le quiera echar.



Puede que no exista la felicidad.
Pero por suerte, los momentos felices son
[In]contables
[In]destructibles
[In]mortales e
[In]completos.






Al fin y al cabo, los que hacen reír en este gran circo del mundo… son los payasos.
http://www.youtube.com/watch?v=8P4oPXP4p3w




Porque… “la vida puede ser maravillosa”.
Cuéntame la historia de tu sonrisa.

martes 3 de noviembre de 2009

Ti (sin tilde en la i).


Las gotas de lluvia mecanografían en el cristal, y el viento hace un amago de melodía al entrar por los orificios de la persiana, que está a medio bajar.
Me encantan los días que parecen domingo y no lo son. Como hoy. Son idóneos para echar de menos lo que no tienes, y alegrarte porque aún conservas cosas que llegaste a creer que nunca tendrías. Y para tumbarte en el sofá con chuches, palomitas (al toque de mantequilla), coca-cola (medio disipada) y la mantita de colores.
Hoy no me apetece mojarme. Ni volar sin alas y todas esas mariconadas (mañana me arrepentiré de esto) que digo a veces. Hoy llevo el paracaídas en la mochila, y el paraguas en la mano izquierda.


Perdí el derecho a acariciarte en el momento que te perdí a ti, sin tilde en la i. Porque las tildes acentúan la palabra para hacerla importante al oído. Y tú ya no eres importante para mí. Bueno, t(ú) sí; pero todo lo relacionado con(ti)go, no.
He puesto el edredón porque las noches ya comienzan a ser frías aquí. Los pijamas hoy no están tirados por el suelo, y mi ropa interior está bien guardadita en su cajón.
No deberías haberme mirado de esa manera, ni tocarme con esas manos, ni escupir todas esas palabras... si lo que pretendías era que no me enamorase de (ti). Soy dura; pero no de piedra. Y a (ti) es demasiado fácil quererte, estúpido.

Sí, he dicho quererte, aunque sabes que no me gusta utilizar ese verbo para expresar todo lo que nunca supiste que tenía dentro. Y aunque nunca te lo dijese, aunque me parezca posesivo. Ahora mismo me gustaría quererte para sentirte un poco más cerca. Y mandar el edredón y los pijamas a dar un paseo por la ciudad, y que tú te dieses un paseo conmigo (entre sábanas).
Pero mejor tiro todas tus palabras por el balcón (que ellas no tienen paracaídas), y mira, no sé si morirán; pero desde un tercero fijo que al menos, se quedan tetrapléjicas. Y así no van tocando los co… corazones, de cualquier otra imbécil que vaya de dura, como yo.




Hoy fui a la estación de autobuses, sabes que me recuerdan a (ti). A nuestros reencuentros y a nuestras despedidas. A mis viajes a Madrid para estar con(ti)go. Y a tus lágrimas cuando me iba (los hombres también lloran).
A veces pienso que es allí donde se concentran todos los sentimientos que le faltan al mundo.
Las parejas se besan hasta desgastarse los labios, la gente se alegra por ver a sus seres queridos, o dejan caer alguna lágrima nostálgica porque en ese puto cacharro se va una persona importante.
Hoy vi a un chiquillo aprendiendo a fumar, escondido entre las máquinas de refrescos, rodeado de amigos. En realidad, no sabría decir si era el cigarro el que lo consumía a él, o al revés. Cada bocanada de humo que daba se desperdigaba por el aire, sin ni siquiera probar el viaje hacia sus pulmones. Las carcajadas de sus colegas ensordecían el freno de los autobuses. Y los míos.
Había una señora muy mayor que se calentaba las manos con su propio aliento, sin soltar su maletita de mano. Sonreía a cada pequeñajo que pasaba por delante de ella, y suspiraba, como añorando a algunos de sus nietos, o quizás a aquellos que nunca tuvo.
Un poquito más allá, podía ver a una pareja abrazada. Se dieron tantos besos como pasajeros salían de los autobuses. Nunca vi tanto dolor en un adiós. ¡Por un momento pensé que el muchacho se pegaría un tiro allí mismo, y ella lo haría justo después! Como esos malditos Romeo y Julieta… no me pueden hablar de amor unas personas que no compartieron cada mirada, cada sonrisa, cada lágrima… ¡joder! No me puede hablar de amor alguien que sólo ha vivido pasión. De eso podemos hablar todos. Es muy cobarde escapar de esa manera del amor, de su evolución. Pero en fin, queda muy bonito y vende mucho. Y al fin al cabo, eso es lo que importa ahora. Que todos crean que esa mierda de tres o cuatro días intensos, es amor.

Había mucha gente en la estación. Pero faltabas tú. Tú y tu maleta llena de sueños, de ironías y de mí.




El amor es eterno mientras dura, dice Ismael Serrano.
Lo nuestro fue eterno.
Y grande.
Y loco.
Y mágico.




Y se acabó.
Punto.
Y final.




Sin (ti).

viernes 30 de octubre de 2009

Tic [Boom] Tac [Boom]


A veces me vuelvo misántropa, y el olor a ti ya no provoca ese arranque felino. Ni me emocionan los besos de la gente, ni el continuo ajetreo de las calles en invierno.
No llevo reloj en la muñeca porque no me gusta que el tiempo me ate las manos. Prefiero que mis minutos sean tan eternos como horas, y que las horas se conviertan en infinitos recitales de acordes con la única presencia de una vela. Los acordes los pones tú, a mí déjame el resto.

Si me agobio me sumerjo en un universo creado únicamente para abandonar la realidad, y digo abandonar, que no es lo mismo que huir. No es miedo al equilibrio, ni a la seriedad, ni al compromiso. Al compromiso con la vida, digo, porque contigo no tengo ninguno. Guárdate los te quiero para alguien que se los merezca, yo me conformo con que sigas cantando a la luna como los bohemios, y retes duelos a cualquier estrella que intente distraerla en medio de tu serenata.

Me pesan las tardes sin sol. Si llueve, el arco iris tendré que pintarlo en la ventana con cada mirada robada en la calle. La gente no les da valor, así que nunca lo denuncian.
Me pongo idiota si me abrazas y me preguntas qué siento.
Miedo. Y soy una cobarde, y piensas que estoy hecha una valiente.
Pero en esos momentos me apetece hacerme pequeñita y escapar a mi universo. Y oír tus acordes.
A lo lejos.

Dicen que soy rara porque me gusta pillar los semáforos en rojo. O en ámbar. Pero es que la gente va a lo fácil, y a lo cómodo. Yo prefiero ir cambiando de marchas porque para llegar a la quinta hay que poner la primera. Y la quinta se pasa de efímera y no me deja ver las miradas que robo, y así luego llego a casa y me encuentro con ojos tristes que me gustaría haber dejado donde estaban.
Pero como no me gusta lo fácil, los meto en una bolsa con una de las sonrisas del segundo cajón de la mesilla (sí, el de las bragas), y vuelvo a la calle en busca de sus dueños. O de sus sueños.

Ya te dije que no me gustan los relojes.

Tic tac.
Tic tac.
Tic tac.
Tic tac…

Yo sólo dejo que mi tiempo lo marque el
boom boom,
boom boom,
boom boom
que entona mi corazón cuando tú estás cerca.



Y a todo lo demás, le pueden dar por culo.
A tus te quiero, a mis agobios y a las miradas de la gente.

martes 27 de octubre de 2009

Tocar el cielo con la punta de tus dedos.


Tengo un gorro de lana con un pompón en todo lo alto. Es casi casi tan grande, que roza el cielo allá por donde voy, o a lo mejor lo que llega tan alto es mi seguridad, la de cada paso en cada sitio que piso. Voy tan convencida porque veo el final desde lo lejos, o puede que me lo imagine; pero lo tengo presente.


Yo nunca hice ninguna locura por amor; pienso que el hecho de amar ya es una locura en toda regla. Además tú fuiste esa persona, y te llevaste mi cordura secuestrada. El rescate era demasiado caro; no podía dejar de lado lo efímero por la sensatez, la pasión por la frialdad de cada día sin ti a mi lado, las veredas vírgenes por el camino marcado.
Así que la locura me agarró de la mano, y me anudó a tu cintura. Cada parte de mi cuerpo se adosó al tuyo. No había cadenas, ni lazos, ni opresión. No es que sobrepasase tus fronteras, es que tus límites y los míos eran los mismos.
Los copos de nieve no conseguían llegar al suelo, porque al contacto con nuestro cuerpo se fundían en millones de gotas de agua hirviendo. Cocinábamos las calles con nuestro fuego, y el frío jugaba al escondite cuando parábamos de contar, de contar los segundos que faltaban para llegar a lo más alto de cada tejado, para tocar esos acordes tumbados en casas ajenas y mirar aquellos ojos que pedían a gritos un poco de sueño.
Pero para soñar ya estaba yo.


Los balcones nos observaban con vehemencia cuando echábamos carreras por las grandes avenidas, y las luces se apagaban a nuestro paso sin dar importancia al resto de habitantes de esta humilde ciudad.
Los artistas dibujaban la Plaza con un par de locos en el medio, agarrados de la mano, dando vueltas sin parar. Eran la esencia de la obra, los actores principales entre tanta masa de intérpretes secundarios.
Y los acordes de tu guitarra narraban la historia de unos dementes que no se amaban, ni se querían, ni tenían ningún tipo de vínculo: sólo vivían, soñaban despiertos y dormían cuando el resto de la humanidad decidía qué hacer con sus quimeras.



Esa sonrisa eterna acabó con esta zurda.
Me cansé de escribir momentos y borrarlos con el roce de mi mano. El lápiz es débil ante tal amenaza, pero el camino está hacia delante y los borrones del pasado no impiden que corra en busca de la meta.
Me dijeron una vez, que aunque camines sin saber a dónde, nunca será en vano. Puede que no elijas el sendero correcto, que no fuese el que esperabas y no encuentres lo que buscabas; pero antes de llegar a tu objetivo, encontrarás millones de razones para seguir hacia ese horizonte que se aleja a cada paso que das.







Mi gorro esconde todo lo que mi mano izquierda borró.
Y en lo más alto, estás tú, rozando el cielo conmigo.

domingo 25 de octubre de 2009

Mis pies en tus zapatos.

Vamos a jugar a un juego.


Tiras el dado, y depende del número que salga, así tienes que ser. Estas son las reglas:


-Si te sale el uno, serás una persona con discapacidad. Te llamarán subnormal, tontito y cosas por el estilo; pero tú tendrás que callarte y bajar la cabeza, para mucha gente ni siquiera vas a existir. Otros te considerarán escoria, y tendrás suerte si te encuentras con personas que te traten como a alguien... ¿normal? Además, aunque seas límite y bastante autónomo, te atenderán como a un niño pequeño, te hablarán como a un bebé de nueve meses y querrán limpiarte el culo cada vez que vayas al baño. Pero tendrás que joderte, no tendrás ni voz ni voto en esta sociedad, por muchas campañas sociales que se hagan.

-Si tu número es el dos, serás uno de esos inmigrantes típicos que llegan a España en patera. Soportarás el rechazo de la gente cuando busques trabajo, y cuando lleves meses y meses tras él, y con miles de portazos en la cara, tendrás que aguantar los comentarios de cada individuo, escuchar cómo te juzgan los demás, porque eres un vago y sólo vienes a este país a chupar de la mano que te alimenta. Ni se te ocurra parar algún día a tomar algo en un bar, o divertirte por ahí, porque serás tachado de holgazán y parásito. Te mandarán a tu país cuando menos te lo esperes, y las madres alejarán a sus niños de ti y ni siquiera le darán una respuesta cuando pregunten: "Mamá, ¿por qué ese señor es negro? ¿Por qué duerme en la calle? ¿Por qué nos piden dinero?". Entonces, una mujer estirada y guapa, tirará a sus hijos del brazo y les dirá: "Eso no son personas, cariño. Son negros porque están sucios, y viven en la calle porque es lo que se merecen."
Sentirás odio por el país al que viniste a buscar la felicidad.

-Si cae el dado por la cara del número tres, serás una prostituta. Tendrás que aguantar a cerdos que te llamen puta y te tiren el dinero a la cara, tíos que no quieran usar preservativo, y miles de descerebrados que te pedirán cosas impensables. Te sentirás sucia cada vez que te acuestes con alguien, pero tus lágrimas te recordarán que necesitas ese dinero, y no encuentras otra manera de ganarlo. Te tocará la lotería si llega a ti algún chico que te llame cariño, y después del polvo hable contigo, o te haga una mínima caricia. Pero no te hagas ilusiones, tu sitio será la esquina y tu vagina tu mayor arma.

-En el número cuatro, serás un toxicómano. Te desesperarás por una colilla del suelo, un trozo de papel de aluminio o cualquier mierda que te pueda hacer desconectar. Serás invisible para la gente, nadie te dará dinero, ni un triste cigarrillo. Te inventarás miles de historias para sobrevivir y dar pena a la hora de mendigar; pero tu público te mirará con ojos de desolación y negarán con la cabeza. Sufrirás el síndrome de abstinencia y las palizas de los niñatos que te tratarán como a un mono de feria a cambio de algún cigarro a medio acabar.
No querrás comida, ni una cama para domir, ni ropa con la que abrigarte. La droga será tu única amiga.

-El cinco corresponde a los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales. Lo pasarás mal, porque la gente irá de abierta y liberal; pero a la hora de la verdad, todos tendrán pegas contigo. Unos te considerarán enfermo, otros puede que no se acerquen a ti por miedo a que les tires los tejos; y más de uno te propinará una buena paliza por ser como eres.
No tendrás derecho a tener hijos, ni a casarte, ni a ir agarrado por la calle con tu pareja. Serás considerado un lastre para la sociedad, un retroceso, y como en años anteriores, besarás labios a escondidas y enamorarte será una misión imposible.

-El seis pertenece a las personas mayores. Ya no serás un baúl de recuerdos y sabiduría, sino una mochila cargada de piedras grandes y pesadas. Tus hijos te ingresarán en una residencia y te irán a ver los domingos. Tus historias de la guerra y el hambre de tus tiempos, se las tendrás que contar al espejo. Y si tu familia sigue aguantándote, tendrás que pedir permiso para todo, como si los papeles de toda la vida estuviesen invertidos.
Te sentirás inútil, abandonado y absurdo, en un mundo que no te corresponde.









Dime, ¿qué tal se vive intentando ser una persona normal?

No sé quién coño se encargó de poner el punto de normalidad en la vida, quién decidió los patrones y la tela para ese maldito disfraz.
La humanidad tiene sólo una diferencia y un punto en común: el hecho de ser persona.






Es fácil criticar si caminas con un calzado de tu número. Intenta andar varios kilómetros con los zapatos de otra persona, entonces sabrás cómo se siente con el tuyo.









Creo que no tengo ni que decir, que lo único que pretendo con esta entrada es reivindicar el derecho de cada persona. Para mí no hay colectivos, ni grupos, ni gente normal ni subnormal. Para mí hay personas con nombre y apellido: Seres Humanos.




"Me gustan los pájaros que se enamoran de las estrellas y caen fatigados a fuerza de volar persiguiendo la luz."
(Helder Cámara)

sábado 24 de octubre de 2009

Yo, me, mí, conmigo.


Bla bla bla bla.



El café con leche y el té con agua y poco azúcar. La cámara de fotos en el bolso junto a la nariz de payaso, y no olvidemos el urbasón por si me da algún ataque.
Los ojos pintados y las uñas al natural. Mafalda en cualquier parte. Libros a medio leer y los versos de Benedetti rondando por la habitación.
Fotos fotos fotos fotos.
Y las sonrisas.

Música de fondo y el pijama puesto. Suena Amélie en el móvil, alguien llama. Y de salvapantallas, la historia de tu sonrisa, de la mía.
La casa está patas arriba y yo camino con la cabeza. Mis pies rozan el techo buscando el camino hacia la cordura. Como siempre.
Espirales que llenan folios en blanco y tatuajes que se calcan en mi piel.
El reciclaje en la cocina va a acabar con nosotros. Y el grifo gotea y me pone nerviosa.

Blanco y negro.

Coca-cola disipada y bocadillos del Pans. Heineken o vino del brik de toda la vida.
La leche bien fría. Y las manos y los pies también.
Calcetines de rayas y zapatillas. Nada de tacones.
Medias de colores o vaqueros rotos.
Y el pelo rizado.

Los besos en la frente y la ropa mojada bajo la lluvia. Y ese olor a tierra empapada.
Las sirenas de los coches de policía y las ambulancias me ponen histérica, prefiero el silvido del viento chocando contra la farola. Y los semáforos en ámbar, porque decido si pisar el acelerador a fondo o pegar un frenazo inesperado. Eso depende de ti.
Ya dije una vez eso del sonido del cristal cuando se rompe, y los helados en invierno, y todas las manías que hacen que sea una chica rara.
Bailar en mitad de la calle. Que la gente me mire y se ría (conmigo o de mí). Pero que se rían.
Llorar con cualquier película, y luego sonreír cuando veo el rimmel manchando mi cara.

Carlos Chaouen el primero. Y luego una lista sin final de cantautores que me enamoran. Y ellos se enamoran de mí, lo que pasa que todavía no lo saben.
Hablar sin parar. Y repetir lo mismo mil veces. Y ver que no te cansas de escucharme. O a lo mejor sí, pero te callas y sonríes. Y a mí me gusta verte sonreír.
Ser pesada hasta decir basta. Insisitir siempre tres veces.
Y perderme por calles que no conozco. Y encontrarme con cosas inesperadas.
Un día me encontré contigo.



Hoy me apetecía ser egocéntrica
(otra vez).
Yo, me, mí... ¿conmigo?
Contigo, mejor contigo.





Bla bla bla y más bla.



Noolvideselboteazuldedebajodelacama.

No tenía pensado escribir hoy sobre algo así, de hecho; andaba un poco revolucionaria; pero tus lágrimas han podido conmigo, y con mis quejas del mundo. Además, no hay nada mejor que una revolución de sonrisas, y tú, necesitas unas cuantas.

Sabes que me gustan las fotografías en blanco y negro, pero la vida hay que verla a color. Con todos sus matices, sus luces y sus sombras.
No me importa aguantar tus días oscuros, si sé que puedo sacar mi paleta y pintarlos de colores. Pero reconozco que a veces ni el propio pintor tiene ganas de reflejar un paisaje esplendoroso, por lo que la obra saldrá oscura por propia necesidad. Me refiero a que todos tenemos esos días, y tú no vas a ser menos. Pero si yo puedo estar ahí para que los compartas, voy a tragarme la mitad de tu mierda. No hace falta que hablemos, ni que yo te diga lo que pienso, ni que intente sacarte una sonrisa. Con un abrazo y tus lágrimas, lo tenemos todo hecho.



Voy a mandar a tomar por culo cada pesadilla que tengas, y si se empeñan en quedarse contigo, dormiré cada noche a tu lado para hacer que se conviertan en sueños. Eh, no te equivoques, que no quiero que te enamores de mí (tú sigue soñando con tus angelitos); sólo me colaré cuando vea que esa pequeña sonrisa se esfuma. Y me liaré a carcajadas con tus malos sueños, a ver quién gana la batalla, si tus recuerdos amargos o mis ganas de verte feliz.


Alguna vez nos dijeron si teníamos algo más allá de la amistad. El dormir todas las noches juntas en esa residencia y las notitas en la puerta, daban que hablar. Me echo a reír cada vez que lo pienso, porque creo que estamos tan unidas, que nadie conoce ese grado tan alto de compañerismo, y lo confunden con lo primero que se les viene a la cabeza. Es fácil juzgar desde fuera; pero nadie sabe lo que tú y yo hemos vivido juntas.


Me sé tus lágrimas de memoria, y creo que podría distinguirlas con un sólo vistazo. También me aprendí bien tus sonrisas, y tus ataques de locura, y tu forma de mirar. Descifré cada una de tus palabras cuando se te trababa la lengua, y te llamé bonita aún teniendo la cara hinchada como un globo. Yo no sé si alguna vez te habrán querido tanto, pero sí conozco a una personita que anda por ahí arriba, que no te quita ojo de encima. Un tal Sergio, creo que se llama, que un día decidió convertirse en estrella, porque era tanta la gente que quería cuidar, que su luz no podía abarcar más allá. Así que, se quedó en el cielo acompañado por la luna y brillando con luz propia.
Sé que cada noche alumbra en Salamanca un balcón del Paseo de Canalejas, y aún con la persiana bajada, consigue colarse en esa habitación, donde alguien duerme bajo un edredón de plumas y llora pensando por qué se fue.








No busques explicaciones, princesa. Esa estrella te iluminará hasta en las noches en las que las nubes se empeñen en joder y no sólo pondrá rumbo a tu camino, sino al de miles de personas que le quieren. Y te cuidará desde arriba, porque aquí ya tienes personas que se preocupan por ti.
¿Recuerdas la otra noche, cuando el viento gritaba tanto?
Era un te quiero que alguna estrella te mandaba desde el cielo...





"Tú haces que la vida se me vuelva de colores."
(La Gran Orquesta Republicana)

miércoles 21 de octubre de 2009

Sal(aman)ca

El frío comienza en Salamanca y yo estoy más arrecida que el propio invierno. La ciudad dorada se va oscureciendo (aunque sin perder ese brillo) y mis ojos empiezan a ser más grises que verdes. Será que se refleja el color del cielo, porque yo sigo tan viva como siempre. Aunque con frío, mucho frío.

Me cuesta salir de la cama, el edredón se me pega al cuerpo como un amante, y hay días que no me deja salir… ¡se está tan calentito con él, que no necesito a nadie más! La calefacción del piso sigue estropeada, y las viejecitas de mi bloque andan con mantas y rebecas p’arriba y p’abajo, aunque bueno, no son las únicas.
Si me levanto del colchón, es por tomarme el nesquick bien frío (sí, odio la leche caliente, ni siquiera cuando hay carámbanos en mi ventana). Además, me gusta salir a la calle abrigada, y sentir el frío en la cara, ir encogida con las manos en los bolsillos, pensando si estará ese violinista tan maravilloso en la calle Toro; justo en la puerta de Zara (o si no le buscaré por la Rúa Mayor), con su perrito echado en su chaqueta de borrego. Siempre me ha gustado ese hombre, no sólo por cómo se maneja con el violín, sino por esa sonrisa que mantiene cada día, y esos ojos azules que miran, no con piedad para que le eches una moneda, sino con un “pasa un buen día hoy”.

Tengo los pies congelados, y la nariz como un pedacito de hielo. Pero me olvido de mis quejas cuando veo al señor que está en la entrada a la Plaza Mayor, con un vaso de helado y, dentro, alguna moneda de veinte céntimos. Quizás si mañana no está, nadie note su ausencia. Pero ese hueco estará ahí vacío, sin sus tiritones ni su manta a cuadros, y cualquier persona pisará ese suelo sin pensárselo dos veces. Puede que tampoco hayan notado su presencia.

Me encanta cruzar la Plaza de camino a la facultad. Dios mío, esa arquitectura es bonita al sol, mojada por las nubes, de noche iluminada, o de día, que brilla por su sola presencia.
Los puestos de los hippies delante del McDonald’s son una parada obligatoria para mí. La verdad es que nunca compro nada, y puede que me los sepa de memoria, pero me encanta verlos. Sobre todo, el último de la fila, que está plagado de libros, y ese sí que me deja atontada.

Ya lleva unos días el hombre de arcilla en la Plaza del Corrillo. A veces se levanta a charlar con los ancianos que se sientan en aquel banco enorme, el que está junto a las motos, a fumarse un par de cigarros.
La Rúa dibuja un paisaje indescriptible: al fondo la Catedral, y un poco más a la derecha, la Casa de las Conchas y la Pontificia. Aunque he de reconocer, que nada tiene que envidiar mi grandiosa Emérita con su Teatro y sus restos de ciudad romana. Pero es que, Salamanca tiene esa magia...

Siempre que echo a andar sin rumbo, acabo en el mismo lugar. Paso por Anaya y la Catedral, siempre llena de curiosos buscando el astronauta, el león comiendo helado, y algunos despistados, se empeñan en encontrar la rana. En las escaleritas, antes de llegar a mi destino, solía haber un par de hippies que hacían pompas de jabón inmensas, los niños quedaban alucinados, y he de reconocer que yo también.
Además, siempre está ese hombrecito de las barbas, con su guitarra y su torrente de voz. Me encanta esa callecita que baja al río, donde se encuentra el Santa Ana, es como si de repente te adentrases en alguna época pasada. Pero en vez de seguir recto, mi camino tuerce hacia la izquierda, pasando de largo la maravillosa Casa de Lis.

Detrás de la catedral hay una pared enorme que suele tener pintadas, y que a veces se empeñan en tapar; pero menos mal que siempre tengo la cámara a mano para fotografiarlas antes de que eso pase.

Por fin llego: el Huerto de Calixto y Melibea. Aunque sea un sitio idóneo para los enamorados, adoro pasear sola por allí. Y ver las parejas acurrucadas, y el individuo que se arranca por bulerías, y el poeta de la puerta que se empeña en venderte sus versos.
Me contaron una vez, que si entras agarrada de la mano con la persona que amas, permanecerás con ella para siempre. Yo, me conformo con permanecer siempre unida a mí misma, que yo nunca me falle, y que mi confianza siempre me ayude a conseguir mis sueños.



Muerta de frío vuelvo para casa, y me encuentro con esa pintada en la alcantarilla que dice: "Hay amor, búscalo". Y aquella otra que ocupaba toda una pared: "Quiero contemplarte como lo hacen las estrellas, todas las noches de todo el año, moviéndome lentamente, sin prisa, trazando un ángulo de 360º". Y tantas otras que me provocan una sonrisa y hacen que salte el flash de mi cámara, y de mis ojos.


Porque Salamanca tiene magia, tiene esa magia que hace que me vaya sola a escuchar a un chico tocando la guitarra, a perderme entre calles llenas de poesía y a mojarme bajo gotas que me hacen sentir cada verso del cielo.







Puedo combatir el frío de la ciudad, con el calor de mi corazón.

lunes 19 de octubre de 2009


¡Ah, hola! Ya estás aquí, pasa, pasa, no te cortes.

Bueno, lo primero que te enseñaré de la casa será el felpudo. Pone "bienvenido", pero no te fíes demasiado, es un poco mentiroso. O al menos, conmigo. No sé, a veces me dan ganas de tirarlo a la basura y poner alguno de esos que sólo te dice "hola". Así no hay lugar a malentendidos y tonterías. Pero bueno, no me hagas mucho caso, que a veces me da por pensar estupideces de estas.
En la entrada está ese espejo horrible. No sé de dónde lo ha sacado el casero; pero hay veces que me miro y no me veo yo. Si te pasa lo mismo, dímelo, que así no creeré que me estoy volviendo majareta.

El salón no es gran cosa, dos sillones incómodos y una mesa con cuatro sillas. La televisión es pequeña, pero yo no le doy mucho uso, así que te puedes poner en primera fila si te apetece. Así me acurrucaré en el sofá del fondo con algún libro, como hago siempre.
El decorado del jarrón son tornillos que se me van cayendo de la cabeza. Y, bueno, también hay restos de noches sin sentido y sueños por cumplir. Pero si no te gusta, puedes tirarlo, últimamente no le doy mucha importancia.

Acuérdate siempre de cerrar la ventana por las noches, porque no sería la primera vez que se cuela algún sentimiento perdido. Y mira, yo puedo ser muchas cosas, pero eso de acoger emociones de otras personas, me viene grande. Ni siquiera sé cómo asimilar las mías.

Aquí está tu cuarto. A mí me gusta porque no es ni muy grande, ni muy pequeño. Además la lámpara es amarilla y parece un sol enorme. Así sientes un poco de calor en esta casa, porque a parte de la plancha, no hay demasiadas cosas con la temperatura alta. Y hace frío. Y yo no estoy para juegos.

A ver, sígueme. Mi habitación es ésta. Suelo tener la puerta cerrada, me gusta estar en ropa interior y creo que no es conveniente que me veas... al menos por ahora (aunque ya te he dicho que no estoy para juegos.) No pienses que soy sosa por tener las paredes blancas, es que escribo versos que nunca me atrevo a leer en el mismo color... así sólo se ven si miras desde una perspectiva diferente.
No me gusta que me interrumpan cuando estoy leyendo en la cama. Y si escuchas demasiado mi música, dame un golpecito y la bajaré.
No soy tan arisca como crees, no pongas esa cara. Ya me irás conociendo, pero es que me he quedado sin tiritas y no tengo ganas de hacerme más daño, no sé si me entiendes.


La cocina es acogedora. Yo suelo preparar cócteles de alegría, amor, ternura, cariño y cosas así, y los congelo, para que me duren y pueda usarlos cuando los necesite.
Lo que sí que hago a fuego es el miedo y la cobardía, porque en frío no saben igual. Y bueno, a veces dejo cociendo durante mucho tiempo la soledad.
Tú puedes preparar todo lo que quieras, pero te recomiendo que te estudies la receta de la empatía, te hará falta.

El cuarto de baño es como todos los que has visto. Por el retrete suelo tirar mis preocupaciones, aunque no te alarmes, que nunca se atasca.
En la bañera me deshago de mis penas, las lágrimas se camuflan con el agua.
Y bueno, el lavabo me sirve para quitarme de encima los desengaños y los restos de las noches acompañada por cartones de vino.

En fin, este es el piso. Si te vas a quedar, dímelo, si no ya sabes dónde está la puerta (justo por donde entraste antes, sólo que al salir verás en el felpudo "odinevneib", o sea, bienvenido al revés, como todo en esta casa).


Mira, voy a dejarte clara una cosa. Soy una chica rara, pero puedo ser la mejor compañera del mundo. Sólo necesito un poco de tu confianza y algo de dulzura (el azúcar ya lo he comprado yo).
No olvides traerte en la maleta un poco de libertad, aunque bueno, si se te olvida yo te presto, que últimamente voy sobrada.
Pero sobre todo no olvides traer esos ojos con los que me estás mirando ahora. Y esas ganas que te estoy leyendo en la cara de volverte loco conmigo.
Si la calefacción sigue sin funcionar, podemos darnos calor en tu cama o en la mía.
Y te invito a sentarte conmigo y ver cómo gira la lavadora. Que me cuentes tu vida y limpiemos sus manchas con algún que otro centrifugado.
Prometo hacerte cafés todas las mañanas, a cambio de una sonrisa. Sí, como esa que acabas de poner ahora mismo.




Está bien, me quedo -me dijiste.- Pero sólo con una condición: Déjame permanecer todas las noches viendo las estrellas contigo. Pintaremos versos en las paredes indescifrables, y cambiaremos el mensaje de ese puto felpudo: "etadéuq".
Eso es lo que se leerá cuando entremos (así no tendrás la sensación de que el felpudo te miente, porque no significa nada); pero prueba a salir. Te aseguro que yo no te mentiré nunca.



Quédate...





Tus días se harán de noche en mis amaneceres.
Y entre las sábanas olvidaremos el principio para comenzar el final.
Capturaremos el viento entre nuestras manos.
Déjame besarte hasta que se desgasten mis labios...
...o tu cuerpo.

domingo 18 de octubre de 2009

Con calcetines y a lo loco.


Hubo algunas miradas de un lado a otro de la barra, esquivando las botellas de cerveza y el humo del tabaco. He de reconocer, que al principio ni siquiera te vi. Te miré, pero no te vi.
Últimamente los bares son efímeras lunas de miel para mí, con chavales que ni siquiera conozco. No sé, no sé si es la edad, las hormonas, o que ando un poco perdida.
Los chupitos empezaron a subir, y a centrifugar con la cerveza y el calimocho.
No paraban de sonar temas que me provocaban esa manera absurda de tocar la guitarra en el aire, y encima, al revés que todo el mundo. Es lo que tiene ser zurda... la gente debe pensar que no he cogido una guitarra en mi vida.

Ya he dicho que hubo algunas miradas. Pero es que luego, vinieron los cantes... "y me enamoró, aunque era un hada alada y yo seguía siendo nada no importó, éramos parte del mismo colchón hasta que juró: nos querremos más que nadie pa' que no corra ni el aire entre tú y yo..."
Y más cervezas, y más vino. Y más miradas... ¡y, Dios! ¡esos labios!
Casi no me dio tiempo a hablar, y mis pies ya estaban de puntillas. Mis manos en tu pelo y las tuyas en mi cintura. Tus labios intentaban perderse por mi boca, pero la mía estaba demasiado ocupada con tu cuello.
Y vino ese trato del que hablaba la canción. Ese trato con el colchón, y con el corazón, y contigo, y conmigo.
El mío no sé si es de piedra o de mimbre. Ni siquiera sé si lo tengo guardado en algún cajón o anda tirado por ahí en cualquier papelera.

No me puedes preguntar dónde estuve todo este tiempo y sonreír como si no fuesen unas palabras sin importancia.
Así que te canté el final de la canción, con la misma sonrisa con la que te dediqué las estrofas anteriores.
Siempre he creído que los finales son un bonito comienzo.

"Amaneció, la vi irse sonriendo con lo puesto por la puerta del balcón, el pelo al viento diciéndome adiós, porque decidió que ya estaba hasta las tetas de poeta, de bragueta y revolcón, de trovadores de contenedor..."

(Corazón de mimbre - Marea)




Crucé esa puerta con calcetines y a lo loco.
Las faldas se quedaron en alguna parte de tu habitación,
y la cordura la dejé olvidada en el fondo de tu boca.

sábado 17 de octubre de 2009

Cuando era pequeña cerraba los ojos si quería estar sola.
Y si me apetecía llorar, me encerraba en el cuarto de baño, porque era la única habitación de mi casa que tenía cerrojo. (Gracias a eso, mis padres se plantearon más de una vez quitarlo de ahí también).
Además, me comía las hormigas (lo que no mata engorda, que decía mi madre), y cuidaba a mis amigas en invierno poniéndoles mi bufanda y mi babi.

Si me caía, lloraba también. Y si no había nadie delante me aguantaba las lágrimas para soltarlas en presencia de algún adulto (sí, qué pasa, a veces me gustaba llamar la atención).
Ahora, sin embargo, lloro con cualquier canción, delante de quien sea y con los pañuelos que hagan falta.

Me daban ataques de risa repentinos y me producían asma. Pero me seguía riendo, siempre le he dado más importancia a las sonrisas... además, yo escuché alguna vez, que lo curan todo. Así que creo que tenía metido en la cabeza que algún día, de tanto reír, dejaría de respirar (pero ¡eh!, seguiría viviendo), y por tanto, de tener asma.
Y ahora, aquí sigo, con mis achaques (cosas de la edad) y mis sonrisas de oreja a oreja.

Llegué a odiar las Barbies. Sí, porque siempre que jugaba con mis amigas, me tocaba ser la mala... y eso no me gustaba nada. Así que acababa cogiendo al Ken y conquistando a la chica guapa y lista... llegaba a ser mucho más bonito que el primer papel.
Me pasé a los nenucos. Hacían pompitas, bebían agua y hacían pipí. Pero... eran demasiado irreales. Así que, no hace mucho tiempo, me compré uno con rasgos de Síndrome de Down. Y éste no se orinaba, ni lloraba, ni bebía. Pero tiene una sonrisa preciosa en la cara.

Mis padres me ponían en el coche cintas de Ismael Serrano, Sabina, Nino Bravo, The Beatles (hacían los viajes más llevaderos, porque silenciaban los gritos de guerra de "¿cuánto falta?", "¡quiero hacer pis!", "¿quién se ha comido mis galletas?", que provocábamos mis hermanos y yo)... pero me gustaba más escuchar esas voces cuando salían disparadas del tocadiscos. Benditos vinilos...

Nos pasábamos el día en el campo. Para mí, esos mastines eran caballos que podía cabalgar, y me permitían ir detrás de los malos cuando me montaba mis aventuras. Los malos eran los hurones, porque una vez me mordieron un dedo y me hicieron llorar. Además, olían mal.
Me pasaba el día metida en los chozos de los pastores, sí, esos típicos tan extremeños...
Recogía flores silvestres, jaras pegajosas y mordisqueaba el hinojo. Me subía a los árboles para alcanzar los piñones y cualquier clase de fruta.
Ahora, soy alérgica a todo lo relacionado con la primavera. Polen, olivo, gramíneas, fruta, frutos secos... ¡maldito el momento en que me volví una niña de ciudad!
Menos mal, que mi estación preferida es el invierno. Aunque se me enfríen los pies y las manos, y mi horrible nariz se ponga más roja que la de un payaso. A veces, me resulta una estación cálida, porque es cuando más calor te dan.


Quise ser peluquera, bailarina, veterinaria, astronauta... y por último, psicóloga. Cuando lo decidí tenía diez años, y sólo sabía que un psicólogo, oía a la gente. Bueno no, miento. Escuchaba a las personas.
Pero ante todo, tenía un objetivo en mi vida. Una carrera que superaba a todas las demás en grado de dificultad, y de la cual todavía tengo muchas asignaturas pendientes, y sólo algunas aprobadas. No es que sea mala estudiante, es que a veces es muy difícil.
Un día, me preguntaron en el cole: Y tú, Belén, ¿qué quieres ser de mayor?




Persona -dije.- Yo quiero ser persona.

jueves 15 de octubre de 2009

Mi mamá me mima.


Solía salir a la calle sin maquillar, ni siquiera un poquito de carmín en los labios. Siempre le gustó ser natural, sin caretas ni tapujos de por medio.
Su barriguita comenzaba a asomar, y siempre que se miraba al espejo se veía más gorda (yo siempre pensaba, que la bondad había roto los diques de su corazón, y en alguna parte tenía que seguir creciendo). Pero seguía siendo tan bonita como siempre. Con su barriga, sus pequeñas arrugas y sus ganas de seguir adelante.

La vida no la trató demasiado bien, pero ella le correspondió lo mejor que pudo. Porque no, no era una persona rencorosa, ni negativa, ni siquiera se rendía a la primera.
Su bandera siempre fue la sonrisa, y su himno la carcajada. Creo que sobra decir que el escudo de su patria, no era más que ella misma abordada por la felicidad...

Se acostumbró a cargar todo sobre la espalda, y llegó un punto en que ésta cedió. Hincó las rodillas en el suelo, pero no para decir "aquí me quedo", sino para seguir caminando, aunque fuese a gatas. Pues si sus pies ya no podían con el peso, podrían sus rodillas, y su barriga, y sus hombros, y su cabeza... pero sobre todo, su corazón. Ese maldito músculo, estaba lleno de fuerza, joder. Y de ganas, y de amor, y de... no sé, de todo lo que el corazón de una madre, puede estar lleno.

Ojos verdes y cariñosos; con una mirada podía llegar a hablar contigo, a tocarte en lo más hondo y hacerte ver cómo eran las cosas desde su perspectiva. Siempre me enseñó cómo sentirte en el lugar de otra persona. "Ponte sus zapatos y camina con ellos -me decía- y dime si luego te duelen los pies".

Muero por uno de sus abrazos, por cada consejo que años atrás ni siquiera me paraba a escuchar. Daría todas mis narices de payaso y todas mis sonrisas por sólo una suya, pero de esas sinceras que tenía antes, de las que tuvo siempre.


Me enseñó a ser tolerante, a vivir de forma austera, sin más lujos de los que uno necesita. Esa maldita menestra que me hacía tomar en la comida (y si no, en la cena. Y si no, la desayunas mañana. Y si no, te la comes al día siguiente. Y si no...) sirvió para algo. Y sus múltiples regañinas, y esos detalles de grabar "David el gnomo" o "Los fruitis", para que los viese cuando llegase del cole. O los cuentos antes de dormir, y ese "Jesusito de mi vida..." cuando ya mis ojitos casi estaban cerrados.
Y cómo olvidar las tostadas de leche condensada, el vestido blanco que quería ponerme cada día, o el paraguas rosa con el que me empeñaba en salir a la calle, en pleno verano.
Me miraba, y sólo sonreía. Creo que el simple hecho de verme feliz, podía con el "qué pensará la gente". Y yo ahora, te propongo el mismo trato: tu sonrisa por el qué dirán.

No le tuvo pudor a nada. Se sacó su carrera estudiando sin parar, trabajando en lo que podía, con tres niños a los que además, se encargaba de educar cada día. Y de hacerles sonreír, y de hacerles ver que su padre, aunque no estaba mucho tiempo en casa, también les quería.


Pero siempre con esa maravillosa sonrisa. Aunque sus ojos a veces estuviesen llenos de lágrimas. Ahí estaba ella, mostrando su mejor cara, para que nadie sospechase si se trataba de una burda imitación, o era una obra de arte verdadera.



Mi mamá me mima.
Mi mamá me quiere.
Mi mamá me ama.



Y por suerte, esas frases no quedaron en las aulas de preescolar...



Yo quiero a mi mamá.

lunes 12 de octubre de 2009

Vamos a sentarnos un rato, tú me cuentas tus penas, y yo escucho tus alegrías.
Ya sabes que me gusta ver el vaso medio lleno, y hacerle ver a los demás que pueden llenarlo hasta rebosar. Además, te dejo escoger el líquido que quieras: lágrimas (pero de esas de los ataques de risas, ¿eh?, que las otras no me valen), cafés de los que tomamos en buena compañía, chupitos con los que dices ¡basta! o incluso si quieres, puedes llenar esa copa con tus sonrisas (y las mías), porque si hace falta una máquina para convertirlas en "la gota que colma el vaso", yo la invento, sólo para que veas ese dichoso recipiente lleno.

A ver si aprendes de una vez que el cielo no siempre es azul, porque a veces le apetece estar nublado... pero yo tengo un bote de pintura debajo de mi cama (un azul cielo precioso) y una brocha que a más de un pintor le gustaría poseer. Te lo dejo cuando quieras, para que pintes el trocito de cielo que tengas sobre la cabeza y te sientas mejor. Y si me apuras, te dejo mi rotulador amarillo, y dibujas un sol radiante, sólo para ti.

Que ya sé que las notas de mi guitarra no pueden animarte demasiado, porque no he escuchado peores acordes y cuerdas más desafinadas en toda mi vida, pero fijo que te ríes si te canto "clavelito, clavelito de mi corazón" en tu ventana. Sólo espero que no me tires algún pimiento de esos medio podridos que tenemos en el frigorífico... más que nada, porque prefiero una ensaimada de las que tienes en tu estante, que al menos son más dulces. Aunque no tanto como tú, pequeña, que cuando sonríes consigues endulzar hasta el dulce más amargo. Y como un dulce no amarga a nadie, lo tenemos todo resuelto.



El sol saldrá aunque tú te escondas de él. Y si las nubes lloran es por tu culpa (vale que me encante mojarme bajo la lluvia, pero... no querrás que acabe con una gripe por tu capricho, ¿verdad? Me refiero al capricho que te da a veces de no sacar tu sonrisa a pasear). Además, la luna estará llena todos los días para alumbrarte las noches... y si algún día mengua, sacaré la linterna (que anda junto al bote de pintura azul y las pelusas de debajo de mi cama), que aunque no sea la misma luz blanca y relajante, alumbra como ninguna.



Sólo quiero decirte un par de cosas más, dame unos segundos...
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(No es tan fácil decir te quiero sin decirlo con esas palabras)

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Lo dejaré en un "cuéntame la historia de tu sonrisa", como tantas otras veces.
Y sólo te diré que nunca me contaron una como la tuya. Porque creo que tu sonrisa ha luchado más que ninguna para no ahogarse en tus lágrimas.
Y por supuesto que a veces necesitas esa lucha entre tus lloros y tus risas... pero pienso hacer una trinchera con las mías. Y te juro que esas gotas de agua tan insignificantes, no volverán a inundar esos dientes blancos.




Deja que tu sonrisa vea todos los atardeceres contigo.

viernes 9 de octubre de 2009


Voy tarareando alguna canción, entrecortada por la falta de aire debido al ritmo que llevo. Nunca me ha gustado andar rápido; pero en esa ocasión necesitaba correr.
Cruzo en rojo, un coche pega un frenazo y me dice algo. La verdad es que no llegué a escucharle, pero por su tono y su volumen de voz, no creo que fuese demasiado agradable. En el fondo me da igual, sólo quiero seguir hacia delante, como tantas otras veces no hice.
Una paloma se posa cerca de mí, y me acompaña dando brinquitos. Me dan asco las palomas, siempre me dijeron que son como ratas con alas. Y en realidad no sé qué me da más asco, si las propias ratas, las palomas que son como ellas... o los hombres que son una mezcla de paloma y rata (dan asco, y echan a volar cuando menos te lo esperas).


El paso de cebras parecía un código de barras invertido, me fijaba más en los espacios negros que en las líneas blancas. Será porque el día estaba nublado, y probablemente mi ánimo también.
Serían sobre las seis de la mañana, y todavía quedaba algún enamorado de las farolas dando vueltas al culo de calimocho que les quedaba en el vaso. Creo recordar que también me dijeron algo, pero seguramente sería más agradable (o no) que las palabras que salieron del tipo del coche. Los borrachos dicen la verdad.
Y yo también, siempre.

La luna comenzaba a esconderse, y el Lorenzo se disponía a salir. Siempre pensé que lo suyo era una relación bastante difícil... no espera, esa no es la palabra. Efímera. Era una relación efímera. Esos míseros minutos que se veían, convertían el cielo en un idilio rojizo deseado por cualquier pareja. Pero sólo ellos podían disfrutar de aquel momento. ¡Cabrones! Los demás teníamos que conformarnos con ver desde el suelo esa dulce despedida (o reencuentro) matinal... en el fondo, creo que siempre deseé ser como ella, disfrutar al máximo los pocos minutos junto a él. Pero sólo esos minutos, y sólo de esa manera.
Nunca me gustaron las ataduras, hasta que una persona me demostró que hay cadenas que sólo te pones tú. Que los lazos pueden ser de seda, en vez de hierro. Y los candados simples nudos que se deshacen con un solo tirón.





El día que me miró fue el séptimo u octavo día de mis miradas dirigidas a él. En realidad, creo que sólo se dio la vuelta porque sentía mis ojos clavados en su nuca, y no porque se fijase en mí. Pero me miró, me miró y me dedicó una sonrisa. Y yo me armé de valor para dedicarle una de las mejores.
Esa dichosa guitarra a la espalda me volvía loca... y su barba de tres días, y sus camisetas negras, y su cinturón de tachuelas. Me veía reflejada en cada una de ellas, lástima que él no me viese por ninguna parte. Hasta ese día, ese maldito día que me miró y me dedicó su sonrisa.
Hacía tiempo que no fumaba; pero me encendí un cigarro pensando que así estaría más sexy. Torpe de mí, creo que te espanté... nunca te gustó el humo. Nunca te gustaron mis malos humos. Y a veces creo que los buenos tampoco.
Sonaba esa canción de fondo... ojos de gata. Ibas borracho como una cuba, sacaste la guitarra, y la cantaste a todo pulmón, diciendo: ¡esta canción va para la niña de los ojos verdes!

Miré por todo el local, y sólo estábamos cuatro chicas. Dos de ellas tenían los ojos marrones, otra llevaba gafas de sol... y mis ojos estaban fuera de sus cuencas, al pensar que eran a los que te referías.
Cuando terminaste tu humilde serenata, viniste a saludar.
Si te vienes conmigo esta noche -me dijiste- te prometo que no querrás que vuelva a salir el sol. Y si quieres, hablo con la luna para que se lo lleve a su guarida, y no nos joda la noche. Porque este cielo de hoy, es nuestro, es sólo para nosotros.

No sé cómo lo hiciste. Yo era una tía dura hasta que llegaste tú.
Pasamos días encerrados en noches sin estrellas. No hacía falta, yo con tu luz tenía más que suficiente. Y sé que tú con mis ojos no querías más luceros.
Cantabas canción tras canción, siempre guitarra en mano y sentimiento en voz.
Y sonrisas en cada frase, y caricias en cada nota.

No nos queríamos.
De hecho, nunca nos quisimos.
No era pasión, ni lujuria, ni amor.
Era un eclipse contínuo,
el encuentro de la luna y el sol.
Esos minutos que el tú y el yo, se convertía en nosotros.






Tarareaba esa canción.
Se hizo de día...
y tú te fuiste con la noche, y sin tus estrellas.

miércoles 7 de octubre de 2009


"Vi lo que no mira nadie, y me dio vergüenza y pena...
...menos mal que con los rifles no se matan las palabras"
(Extrechinato y tú)







Cogí ese tren sin pensármelo ni un solo segundo. Quería escapar de la masa de enfermedades que me estaba absorviendo, las peores que había visto nunca.


El odio se reconocía en la cara de las personas (aunque una vez que padecían este trastorno, no estaba bien visto seguir llamándoles así); sus ojos estaban llenos de rabia, casi rojos de cólera, y siempre tenían una mano en puño y la otra abierta. Si alguien se atrevía a cogerles de su mano expandida, la otra gemela respondería sin previo aviso. Porque la gente que padecía de odio, eran solitarios. No querían a nadie en su camino, ni sentir el calor de otras personas, ni tan siquiera ver a sus semejantes. Odiaban los pájaros, los árboles, el café, la música, la violencia y la paz, la política y la religión... eran tan extremistas, que llegaban a odiar el propio odio.
Cuando alguien afectado de esta enfermedad, perecía, era porque llegaban a un punto en que no se podían mirar al espejo. Odiaban al resto del mundo, pero sobre todo, a ellos mismos.

La maldad no tenía sintomas preescritos; era difícil encontrarte a un enfermo y ver claramente que padecía dicha dolencia.
Por lo general, eran seres alegres y pacíficos, yo siempre los identifiqué con esos típicos duendecillos verdes de los dibujos, que van saltando de un lado para otro; y que luego resultan ser detestables.
Adoraban estar rodeados de gente, y ser el centro de atención era su actividad preferida. Demasiado inteligentes y competitivos, podían estar 24 horas al día maquinando un plan para acabar con toda la humanidad. Se ayudaban los unos a los otros, o eso parecía, porque no eran personas de fiar ni entre los de su "gremio". No, no quiero parecer nazi con esta expresión. Juro que intenté ayudar a toda esta gente. Quizás tomé la opción más fácil... o tal vez no, no estoy muy segura.

Bueno, también estaban los materialistas. Eran como, no sé, personas con una especie de síndrome de Diógenes; todo lo recogían a su paso. Claro está, todo lo que tuviese valor material. No querían besos, ni palabras, ni sonrisas, ni fotografías, ni personas.
Amontonaban objetos en sus casas, hasta el punto de dormir en la calle para que su tesoro estuviera a gusto. Morían de carencia... carencia de sentimientos.

Podría describir miles de enfermedades distintas que conocí de primera mano; pero hubo una que me impactó por encima de todas: la indiferencia.
Parecían almas en pena vagando por las calles. Todo les daba igual, nada les importaba. Eran impasibles a todo lo que viesen: alguien muriéndose en la calle, una persona que superase cualquier tipo de enfermedad, un atentado contra cientos de personas, una declaración de amor en medio de tanta guerra... nada, no sentían, no padecían más que su propia enfermedad.
Delgados, con una tez levemente amarillenta y casi sin pelo.
Pero, el rasgo más significativo, eran sus ojos. No veían, no observaban nada. Su mirada estaba completamente perdida... no sé, era como si no tuviesen nada dentro, y sólo fuesen un pedazo de carne con unos cuantos huesos.






Sí, fui cobarde y escapé. No tuve el valor de ayudarlos a salir de ahí, de ese agujero negro en el que se habían metido.
Pero tenía miedo. Mucho miedo.
Siempre fui una persona alegre, activa, y loca por ayudar a todo el que se me cruzara por delante. No me daba miedo el SIDA, la pobreza, la violencia, la fiebre amarilla o una persona a punto de inmolarse. No tenía temor a nada de eso, si se trataba de sacar sonrisas, recrear vida o regalarla.

Pero... no me podían pedir eso. No quería contagiarme de odio, ni de maldad, ni de racismo, ni de riquezas ni materialismo, ¡y mucho menos de la indiferencia! Joder, ¿entonces qué sería de mí? ¿cómo podría enfrentarme a todo lo que no me daba miedo si no era yo misma?...



Cogí ese tren. Me senté en el primer sitio que avisté, y noté cómo se me mojaban las mejillas.
No sé qué pasó por mi cabeza en ese momento, ni qué me impulsó a hacerlo; pero casi sin darme cuenta, aparecí en el vagón del conductor y le pedí de rodillas que parase ese maldito cacharro, porque descubrí que iba cargado de enfermedades que nunca me paré a pensar, y sin duda alguna, eran de las peores: desesperanza, cobardía, desaliento, pesimismo. Y todas las padecía una misma persona, una persona pusilánime y sumisa. Y frente a un espejo, vi que esa persona, era yo.



Por eso me bajé y volví a las calles de este mundo enfermo. Vi lo que no había visto antes en cada persona, y se lo hice ver a ellos mismos.


Porque la guerra, se acaba con la paz.
La maldad pierde sentido con una sonrisa sincera.
La violencia deja de ser mórbida con un abrazo.
Pero sin lugar a dudas, la cura para la indiferencia, era una mirada profunda.
Una mirada que transmitiese libertad, alegría, ganas de luchar.


Una mirada como todas las que vi, cuando quise ver.
Una mirada como la tuya;
pero sobre todo, una mirada como la que vi frente al espejo (una vez que conseguí curarme).


Profunda.
Soñadora.
Valiente.

martes 6 de octubre de 2009

A mi padre.


De un portazo cerraste la puerta, y te fuiste... aunque quiero pensar, que sólo fue una corriente de aire, y al igual que atrancó esa vieja madera, te llevó a ti por delante.
No sé, a lo mejor hice mal las cosas. Puede que me creyese el ombligo del mundo, pero es que para mí el único mundo existente eras tú. Y ser tu ombligo no era algo tan malo... ¿no?
O a lo mejor, me pasaba demasiadas horas delante de una hoja en blanco, haciendo una lluvia de palabras que a veces se convertían en frases que recitaban mis sueños, y otras, en sucios borrones y márgenes invadidos por mis tonterías.

Todo. Cuatro letras que no significan nada, o tal vez demasiado.
Todo es mi vida, pero se convierte en nada si tú no estás.
Todo es perfecto; tanto, que roza la imperfección.
Todo es esta casa, estas paredes que guardan en secreto nuestras vidas.
Todo eran tus historias revolucionarias, y mis "papá cuéntame otra vez".
Todo eran los versos de "Palabras para Julia".

Aunque a veces, dudo que todo, pueda describir todo.
Porque recuerdo que mi sonrisa llegó sin nada, aún habiéndote ido.
Nada que perder si intento retomar el vuelo.
Nada de miedo si voy sola en el camino.
Que no cambio mis ganas por nada del mundo.
Y que nada impedirá que mantenga ese punto rojo en la nariz.


Que mi papá nunca volverá a contarme nada,
y Julia se quedará sin sus palabras.
Pero las estrellas seguirán relatándome su historia, aunque tú te hayas ido,
el cielo seguirá meciéndolas como un padre mece a su hija.
Y nada permitirá que vuelvas a ejercer tu papel,
porque el telón se ha cerrado para siempre
y la función está a punto de terminar.






Puede que no te hable;
pero mis ojos rebosan palabras.
Y si unes tu mirada con cada estrella
quizás haya escrito algo sólo para ti.





"Papá cuéntame otra vez..." (Ismael Serrano)







Nada es suficiente para estropearme todo.

domingo 4 de octubre de 2009


Me gusta el ruido del vidrio cuando cae al fondo del contenedor verde.
Ir por la calle sonriendo, y que la gente se pregunte por qué una persona que va sola está tan feliz.
Pero sobre todo me gusta llevar mi nariz de payaso siempre encima, por si veo alguna lágrima que tenga que secar con una sonrisa.
Me gusta la gente recién levantada.
Ayudar a los demás sin importar quiénes sean y qué les pase.
La leche bien fría,
y los helados en invierno.
Escuchar música cuando duermo, y también adoro cantar, aunque luego provoque un gran diluvio; pero como la lluvia también me gusta, no importa.
Me gusta ser zurda.
Y las espirales.
Y las sonrisas.
Y Amélie y sus manías, porque a veces, yo también soy un poco Amélie.
Me gusta Patch Adams, y sueño con ser como él.
Guinea Ecuatorial.
Y tocar la guitarra, aunque no sepa cómo hacerlo.
Las miradas,
los besos, y los abrazos.
Pero no me gustan los "te quiero", porque querer es poseer. Y la única dueña de mi vida, soy yo misma. Yo no quiero que me quieran, sólo que me hagan reír. Que la felicidad sea una cosa recíproca, cíclica, conjunta.
Me gusta el queso fundido.
El chocolate, mojar pan en las salsas.
Me gusta Mafalda
y mi tatuaje de "Cuéntame la historia de tu sonrisa";
porque ya he dicho antes que me gustaban las sonrisas, y las espirales.
Y las historias, escucharlas, y compartirlas.
Me gusta tomar café con hielo
sola o acompañada.
Pero el café con leche, que solo es demasiado amargo.
Me gusta el número 7, y el 8, porque en el cole era mi número de lista.
Y escribir lo primero que me venga a la cabeza,
que tú lo leas, y te emociones. O que ni siquiera te guste,
pero me gusta que me lo digas.
Me gusta meter la mano en un saco de legumbres (sí, como Amélie).
Adoro acostarme, y cuando todavía no estoy dormida, empezar a soñar.
Y me gusta no acordarme de mis sueños.
Los días de quinceañeras con Esther.
Y hacer miles de fotos en blanco y negro.
Me gustan los cantautores.
Sus letras, su música, y muchas veces, me gustan sus manos.
Su poesía hecha música, su manera de mirar mientras cantan.
Me gusta mi pelo corto y rizado,
y mi arito de la nariz, porque la hace un poco más bonita.
Me gusta pintarme los ojos, porque el verde resalta.
Y leer cuando todo está en silencio,
de noche, tirada en la cama, con la almohada doblada.
Me gusta tumbarme en el sofá con mi mantita de colores
y comer miles de golosinas, hasta que me duela la barriga.
Me gustan los gatos, aunque me den alergia.
Pero odio cuando alguien está mal, y no sé cómo ayudarle;
porque a veces la nariz de payaso no puede solucionarlo.
Pero siempre que me la pongo, aparece una sonrisa, aunque sea sólo un esbozo...
¿Y sabes qué?
Eso, me gusta.




Me gusta sentarme en el suelo de la Plaza Mayor de Salamanca,
y ver a los extranjeros de países fríos colorados y rubios cuando es verano, y en chanclas y piratas en pleno invierno.
Pasear por mi grandiosa Emérita. Ver reflejado en el río el puente romano.
Y las cervezas de La Galería, aunque acabe con una barriga como la de Homer Simpson.
Y odio las resacas, porque a veces no puedo hacer todo lo que me gusta.

Me gusta soñar.
Y sonreír.
Y ayudar.
Y repetir lo que me gusta.
Cometer errores,
y poder rectificarlos.
Las riñas tontas con tu pareja (cuando la tienes)
y las reconciliaciones de toda la noche en la cama.

Me gusta sentir que puedo volar sin alas.
Y escribir sin palabras.
Y hablar sin voz.



Me gusta vivir.

miércoles 30 de septiembre de 2009


"Nosotros queríamos cambiar el mundo, y desde luego, no lo conseguimos; ahora lo que intento, es que el mundo no me cambie a mí..." (Noviembre)




Tenía la ligera sensación de que, si paraba de dar vueltas, caería redonda al suelo. No por el mareo que me pudiese provocar el haber estado girando horas y horas, sino porque entonces, vería todo mucho más nítido.
Lo que me rodeaba ya no sería un cuadro abstracto, sino un mismísimo lienzo del gran pintor francés Gustave Courbet.

Me pasaría el día entero girando sobre mí misma. Una vuelta, y otra, y otra, y otra... nada era agradable ni desagradable, porque todo era difícil de diferenciar. Las farolas no eran grandes bombillas que alumbraban las calles, si no hilos de luz que me rodeaban a mí. Los coches parecían grandes manchas que competían en una carrera, de esas ilegales. Y las personas... bueno, no había. Sólo gente, mucha gente.

Pero a veces (y sólo a veces) me gustaba parar. En seco, repentinamente, delante de alguien. Mirarla a los ojos y preguntarle: ¿Has sonreído hoy?.
Si alguna vez me hubiesen contestado con una, aunque fuese tímida, sonrisa... hubiese parado de girar. Pero no, las respuestas nunca eran las anheladas. Así que, frustrada, volvía a dar vueltas... como en pleno apogeo rotatorio.

Sí, sí, ya sé que yo no voy a cambiar el mundo... así que, no me vengas con el rollo de siempre, que me cansa. No es que viva en las nubes, ni sea utópica (vale, quizás esto último... un poquito); pero... no sé, ¿nunca tuviste un sueño? ¿nunca has creído tanto en algo, que, hasta que no consigas alcanzarlo, no vas a parar?
Para unos, su sueño es ser cantante, arquitecto, médico, albañil... ¡yo qué sé! Pues el mío, es ser feliz. Pero ahí no queda la cosa, eso de ser feliz es algo que quiere mucha gente, y yo quiero ser especial. Yo quiero ser feliz viéndote a ti feliz. Bueno, a ti, a aquel de allá, a su madre, al mendigo, al ladrón y al mismísimo perro de la esquina.

Y puede que mi nariz de payaso, no cambie el mundo.
Pero te hace sonreír.
Y si me miro al espejo, no paro de reírme de mí misma; y es por ahí por donde hay que empezar la revolución. Porque uno no puede comenzar algo sin creer en él mismo.
Y yo creo en mi revolución de las sonrisas, pero más aún en mí.
Y por supuesto, en ti.

No te confundas, que mi cabeza no está en las nubes;
puede que mis pies las rocen;
pero la azotea, está a ras del suelo... y más que nunca.






"La muerte no es un enemigo, señores. Si vamos a luchar contra alguna enfermedad, hagámoslo contra la peor de todas: la indiferencia." (Patch Adams)

martes 29 de septiembre de 2009


Venga, vale. Haremos ese maldito trato.

Te cambio tu manera de mirar, por mi forma de caminar.
Tus canciones por mis palabras.
Tus monólogos por mis silencios.

Es más, me atrevo a cambiar mis ganas de vivir, por tu forma de disfrutar la vida.
Mis sueños por tus historias.
Y tal vez, a modo de oferta, te regale mis alas.

Rojo, verde, amarillo, marrón, blanco, azul, violeta.
Creo recordar que ese era el orden de las baldosas cuando te vi la primera vez. Bueno, al menos eran los colores de los cuadritos de tu camiseta... y vale, puede que no fuera exactamente el orden. Pero tú, estabas. Y yo también.
Ahora que lo pienso... no sé realmente si eran los colores de tu camiseta, o de tus calzoncillos.
Tus ojos eran (y espero que sigan siendo) marrones. Y esa manera de mirar, no me había mirado en la vida.
Te acercaste a la barra desbordando sonrisas (no sé si es que simpatizabas con el aire concentrado del bar, o era efecto del alcohol) y pediste un... batido de chocolate. Sí, entonces fue cuando me quedó claro que derrochabas sonrisas porque te sobraban... y porque creías que hacían falta.

Me levanté con intención de ir a pedir algo (cerveza, piensa en verde -me dije- porque como pienses en él, es probable que ni siquiera vocalices palabra, y acabes pidiendo su número de teléfono) y pegué el mayor tropezón de mi vida. Me tropecé contigo.

En ese momento, creo que era difícil saber si era yo, o uno de esos circulitos rojos de tu cinturón (o cuadrados... quizás de tu camiseta... o de los calzoncillos... o yo qué sé).
Llevabas una guitarra a la espalda y varias chapas en la correa. Tal cual me soltaste, cogiste esas cinco cuerdas y te arrancaste con un "Qué tiene tu veneno, que me quita la vida sólo con un beso...".

Fue el momento de no pensar, no hablar, no reaccionar. Como una boba me quedé con los ojos como platos, mirándote. Ya no sabía si lo que quería era un teléfono verde, o una cerveza llena de números.
Y luego vinieron tus monólogos, tus risas, tus miradas, tus historias.
Mis sueños, mis ganas, mis ojos.
Los tuyos.
Nuestros labios.

Y tu adiós.





"...se me ponen si me besas, rojitas las orejas."

domingo 27 de septiembre de 2009


Me apetece escupirte.
Sin más, tengo ganas de hacerlo, y voy a hacerlo.
Porque quiero escupirte cuánto te quiero y cuánto te odio.
Quiero darte de lleno en el ojo, para que percibas cómo mi saliva te dice todo lo que siento.






Y si dicen que las chicas no saben escupir, vas a comprobar cómo lo hago yo.






Voy a escupirte que me encantan tus cosquillas, y que luego me pidas perdón por hacérmelas, porque de tanto reír me has provocado un ataque (pero de asma).
Voy a escupirte que adoro cuando bostezas, porque se te pone esa carita de niño bueno.
Voy a escupirte que odio cuando me tocas el ombligo;
y que odio aún más cuando no reconoces que hago mal ciertas cosas.

(Escupir no, porque ya estás viendo que se me da genial).

Que me encanta que te quedes despierto hasta que yo me duermo;
y odio que luego te rías contándome cómo se me caía la baba.
Pero también pienso escupirte, que los desayunos contigo, son los mejores.
Que esos besos no los saben preparar así en ningún restaurante,
y esas caricias no las tuestan tan a fuego ni en las cocinas más lujosas...
...y qué voy a decirte de esos "polvos mágicos".






Pero no me pienso tragar la saliva que crees que me sobra.
Pienso escupirte que te odio
(y esta vez va en serio)
porque ni tan siquiera me dejaste decírtelo en su momento.
Voy a escupirte que me recome no estar a tu lado,
que nunca tendré mejor lienzo que tu espalda
para escribir mis chorradas.
Que odio cerrar los ojos estando sola en la cama;
pero más me jode abrirlos en la única compañía
de los rallitos de sol y un disco dando vueltas sin parar...
(algo tendría que sustituir tus "¡buenos días princesa!").






Voy a escupirte.






Lo que no sé es si sabré lanzar ese maldito escupitajo
(sabes de sobra que la puntería no es lo mío).
No sé si llegará tan lejos, donde tú estás.

Y corro el riesgo de que, el día que lo lance,
el cielo esté llorando...
Y ni siquiera te des cuenta
de que una gota camuflada
era sólo para ti.

miércoles 23 de septiembre de 2009


Nunca serví para las despedidas.
No sé si por cobarde, o por utópica... lo primero porque a veces, prefiero correr; a decir adiós. Lo segundo... porque siempre queda en mente un "nos volveremos a ver...".

Aquel día el semáforo en rojo era más que eso.
La puerta abierta, indicaba entrada (desde mi perspectiva); salida si tú la mirabas. El caso es que ambos deberíamos cruzarla, aunque no fuese con el mismo objetivo.
La camarera nos miraba desde la barra, no sé si pensaría que yo lloraba de felicidad, rabia, odio o tristeza. Llegué a imaginar que vendría a darme un abrazo, pero lo único que hizo fue traer la cuenta.

Y tú, de frente, mirabas al suelo. Era como si buscases un tesoro entre las colillas y las servilletas sucias de aquel bar; aunque exactamente no sé qué indagabas entre tanta mierda. Puede que te diese miedo mirarme a los ojos... o puede que el tesoro, fuesen esos dos luceros que te observaban llenos de lágrimas.




El caso es que esa noche, como tantas otras, nos cogimos de la mano y nos volvimos locos. Tan locos como siempre... o tal vez más.
Todos los bancos eran alcobas vacías que esperaban nuestros cuerpos, los árboles verdes; montañas que nos pedían a gritos que subiésemos a su cima y brindásemos con sus copas. Las estrellas, eran bombillas en el cielo, los tejados; edredones kilométricos que nos arropaban cuando la lluvia (tan bienvenida como siempre en nuestros cuerpos) nos impregnaba la ropa... y los semáforos, esos grandes personajes de la ciudad, no nos impedían el paso. El verde era esperanza, el ámbar se asemejaba a la alegría... y el rojo, nos incitaba a la pasión.




El granate se fue haciendo tenue, fue evolucionando a naranja, amarillo, ámbar... y la pasión se esfumó; pero quedaron las caricias. Tus dedos recorrían mi espalda, y al llegar a la nuca, daban vueltas en espiral...
"Cuéntame la historia de tu sonrisa", me dijiste.
Y me limité a sacar la narizota roja del bolso, dejando entrever una tímida carcajada. Se acercaba el momento de ser cobarde o utópica.
Quizás sólo se tratase de ser yo misma.


No sabría decirte qué fui en ese momento.
Qué fue ese instante
o qué quedó de ello.


Pero somos.
Seguimos siendo tú y yo.
Únicos.
Locos.
Efímeros.

lunes 21 de septiembre de 2009


No.

No me vengas con un te quiero,
que esa frase ya está inventada.
No quiero que me regales camisetas
donde ponga "I Love My Boy".
Ni tan siquiera que me lleves al cine
y me pases el brazo por los hombros.
Ni que me pongas el paraguas
cuando está lloviendo a mares.
¡Joder, me gusta mojarme!
¡Me gusta sentir cada gota
rozando mi piel!

No te he pedido que te quedes,
ni que me prepares el desayuno,
ni que me des un beso de buenas noches.
Que no, que no quiero que me escribas canciones,
ni que pienses en mí a cada instante,
ni que me digas lo guapa que estoy.
No vengas a recogerme a la salida,
ni me desees suerte en los exámenes.

Que no se te pase por la cabeza darme un abrazo
(a no ser que sea para fundirte conmigo).
No me robes un beso
(sólo si es para callarme la boca cuando me pongo tonta).
Y ni se te ocurra cogerme de la mano
(únicamente si es para no soltarme nunca).

Lo único que quiero, es que me quieras, sin decírmelo.
Que no me lleves al cine, sino que vayamos juntos.
Que tiremos el paraguas en la primera papelera que veamos
y nos empapemos de arriba a abajo.
Que nos volvamos locos mirando a los ojos de la gente.
Que nuestros pies sean los automóviles más rápidos
y nuestra imaginación la droga más selecta.

Que tú y yo, seamos el resto del mundo.
Y que el resto del mundo, seamos nosotros.
Que tu mirada me vuelva tan loca
que no sepa diferenciar entre tus ojos y los míos.



Pero no olvides,
que nunca te pedí que te quedases.

sábado 19 de septiembre de 2009


Que el mundo es un gran teatro, es algo que ya sé;
pero qué quieres que te diga,
yo no nací para ser actriz.

Puede que no haga bien mi papel,
que al público no le guste mi trabajo
y no reciba ni un solo aplauso...

...pero sólo se trata de SER humano.
Que el ser, sea.
Y que el humano, se humanice.

martes 15 de septiembre de 2009


Son esos momentos de euforia, donde la única droga posible es la sonrisa...
Tu sonrisa.

O tal vez los ratos de carcajadas en la cama, mientras que amanece, después de una noche repleta de orgasmos y sudores.


A lo mejor lo que más me gustó, es que cuando te miraba, me esquivabas. Mis ojos no podían seguir su trayectoria, porque tú te empeñabas en cambiar la dirección. Pero bueno, ya sabes que nunca me gustó ir por los caminos marcados... son los más fáciles, y me encanta la aventura.
Tu aventura.
La nuestra.


Y puede que el detalle que me volvió majareta, fuese esa manera de no mirarme.
De no besarme.
De no tocarme.



Y que, sin embargo, pudiese sentir.
Sentirte a ti.
A tu mirada.
A tus besos.
Y a tus manos recorriendo todo mi cuerpo.



Tu cordura me volvió loca.

jueves 10 de septiembre de 2009

Morderte el labio.
Morderte el labio hasta sangrar,
por pura rabia, odio.
Crujirte los dedos de tal manera
que parezca que hay una gran tormenta,
de esas de verano.
De esas en las que te apetece salir a la calle
y sentir cómo cae la lluvia sobre ti...
Con el calor del ambiente
y el de tu propio cuerpo.
Gritar hasta quedarte sin voz,
por la simple codicia de querer hacerlo,
por no querer hablar, no decir más tonterías.



A veces es mejor estar en silencio.
Aunque tu voz quiera llegar más alto que nunca.

martes 8 de septiembre de 2009


Y que justo en ese momento, el mundo pare...






...que ese puto segundo no se transforme en minuto.

domingo 6 de septiembre de 2009

Sólo necesito un momento.

Un momento de locura,
un momento de sexo sin control,
un momento de risas,
un momento de alcohol,
un momento de música y bailes.


Eso sí, tan sólo un instante de lágrimas
y palabras que no llegan a ninguna parte.



El intervalo justo de tiempo para darte un bocado
y tal vez un par de besos.
Unos minutos en tu vida para formar parte de la mía.

jueves 6 de agosto de 2009


Y perseguir tus sueños como si tu vida se fuera en ello.






No necesito razones, ni quiero tenerlas presentes.
No anhelo ni tus miradas, ni tus palabras, ni tan siquiera tus besos.
Porque mis sueños siguen ahí, esperando que los abrace, que los agarre con ansias de aferrarme a ellos por encima de cualquier otra cosa.
Son celosos, posesivos. Sólo me quieren para ellos, no dan la opción de compartirme. Porque me necesitan íntegra, y yo me dejo manejar como una mera marioneta, al antojo de las quimeras que llenan mi vida.






Y alguien dijo que los sueños, sueños son. Pero se equivocó...
Serán, algún día.
Quizás mañana...
...o tal vez en otra vida.

lunes 20 de julio de 2009

Y mientras dibujaba la espiral, se borraba con el roce de la misma mano que la creaba...
Como el leño que muere con el nacimiento de la llama.
Me busco, me encuentro, me pierdo.
Me busco, me encuentro, me pierdo.
...una espiral, sin principio ni final.